sábado, 15 de diciembre de 2012


Preparar el Reino hoy

Le Encarnación es la revelación de la presencia del Señor  en medio de su pueblo con el que tiene una alianza de amor. De la presencia del Hijo de Dios en nuestras condiciones históricas, se refiere a la participación de Hijo de Dios en la suerte de su pueblo; Es lo que muchas veces el evangelio pone en boca de Jesús: “Conviértanse y crean en el Evangelio, porque el Reino de Dios está muy cerca”.

Juan Bautista viene a anunciar la presencia del mesías, de la intervención definitiva de Dios, para rescatar y consolidar la vida de su pueblo.

Pero para la llegada de la presencia del Señor hay condiciones que es necesario implementar: Se requiere cambiar de opciones, de prioridades y de ambiente, convertir el corazón, los ojos y los criterios. Es decir, tener muy claro el objetivo, porque si no lo tenemos preciso empezamos a dar pasos erráticos, palos de ciego y disparos al aire; porque para el que no sabe a dónde va ningún camino es mejor. Juan Bautista nos recuerda que nuestra vida de comunidad es una vida con Dios y una vida en Dios. Hay que tener claridad sobre a donde nos dirigimos, qué nos conduce al objetivo, lo que nos aleja, lo que implica la opción y lo que la pone en peligro.

Juan Bautista anuncia que el plan de Dios de recatar a su comunidad está y echado a andar, hay que recibirlo con entusiasmo.

Pero hay  que acondicionar el lugar para recibirlo, por eso  la gente que lo sigue le pregunta a Juan Bautista: ¿Qué debemos hacer? Es decir: ¿cómo acondicionamos a la comunidad, a la sociedad para que esto ocurra? Responde Jesús: entramos en un mundo donde todo es compartido A cada uno según su necesidad de cada uno según su posibilidad. Si tienes dos trajes busca al que no tiene un ninguno y dale uno. Todos los talentos y los bienes que Dios nos ha dado  están destinados a solucionar los problemas de toda la comunidad, y mientras haya uno en la comunidad que no  tenga lo necesario para vivir como ser humano, nadie puede considerarse feliz. Feliz sólo cuando se haya hecho lo que a cada uno le toca para establecer la justicia y la equidad. 

Cuando llegaron los miembros del servicio civil de hacienda, los que están encargados de cobrar los impuestos preguntan sobre lo que a ellos les toca hacer:  Juan Bautista les dice, hay que cobrar únicamente lo que va a beneficiar al ciudadano, lo que va a mejorar la vida de cada miembro de la comunidad, pero no para que  alguien se aproveche de ese recurso y lo desvíe para enriquecerse, o sustraiga y prive a los ciudadanos de los bienes a los que tiene derecho. Los miembros del servicio militar, también preguntaron cómo se prepara a la comunidad, a lo cual Bautista responde: no arrebaten nada a nadie por la fuerza, ni con amenazas, ni acusándolo de algo que no haya hecho, y no se procuren extorsiones. Los militares están allí para defender de las amenazas del exterior (el tráfico de armas y las fronteras), no para reprimir y extorsionar.

Todos los que estaban ansiosos y expectantes que ya Dios se acordara de su pueblo, se dijeron, entonces Juan Bautista debe ser el Mesías, por lo que Juan reaccionó diciendo, Yo no soy el mesias, pero en medio de ustedes está el que produce la conversión,  a los que lo toman como fundamento y criterio de su vida Cristo los distingue los congrega, los reúne como pueblo suyo,  y los tiene como lo más preciado lo más selecto  y  más querido que posee.

Ya pueden estar contentos y sin miedo: ya Dios ha tenido misericordia de su pueblo, y ustedes son ese pueblo de Dios  están llenos del Espíritu Santo por el Bautismo,  para que puedan ver con claridad, este Espíritu les da la fuerza para actuar con pasión y energía y con su fuego limpia toda escoria y toda impureza y toda corrupción.

Alégrense, les dice san Pablo (Fil 4,4), una vez más les digo estén alegres. El señor ya está en medio de ustedes, en medio de su Iglesia; Dios mismo da la paz a su Iglesia, la paz de Dios, la tranquilidad del orden, una paz más grande que todo lo que podemos  entender o imaginar esta paz va a cuidar sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús.

Nosotros preparamos el reino cuando  nos comportamos no sólo como ciudadanos de nuestra comunidad política, sino cuando nuestro objetivo trascienden el tiempo y preparamos cielos nuevos y tierra nueva donde habite la santidad. Cuando nos entregamos a edificar a construir una sociedad donde aparezca la presencia de Cristo, el Señor encarnado en medio de nosotros.

sábado, 1 de diciembre de 2012


IADV-C

El primer domingo de adviento nos trae un magnífico portal del año que nos disponemos a vivir en compañía de Jesús, Nuestro Señor. Las lecturas de la Palabra de Dios nos hablan de las diferencias que  provoca y efectúa la presencia de Cristo en nuestro mundo y en nuestras vidas.

Las lecturas nos hablan del fin de un mundo caduco y de la irrupción de una nueva forma de tomar la existencia. Dice los textos que de tal manera es nuevo  el mundo que se abre con la presencia de Cristo que  a todos toma por sorpresa. Es tan diferente conmueve todo aquello a que nosotros estamos acostumbrados, nos desinstala y nos ubica en un horizonte más firme que los astros que rigen las estaciones, las épocas y los calendarios. Las lecturas que hicimos  implican que es un desafío  inusual y desacostumbrado. Es una reinvención del mundo dejando atrás las costumbres, los hábitos y las rutinas. Se abre el mundo desafiante de reinventar todo,  desde el entorno, la familia, la sociedad, la nación, la patria y todos los lenguajes. Porque en cristo todas las cosas son nuevas (Apocalipsis 21, 5)

Se trata de la presencia  del Hijo del hombre, pero no como una visita de doctor, o una fugaz presencia ni siquiera la presencia de Dios en un templo para ser venerado y adorado. Se trata de la presencia del Hijo de dios en la Encarnación, tomando nuestra carne de María santísima, haciéndose uno de nosotros, parte de la humanidad, adquiriendo no solo nuestra semejanza sino adoptando nuestra suerte, nuestra fragilidad y finitud es decir compartiendo con nosotros inclusive la muerte.

Esta es la razón de las imágenes estremecedoras de señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas, el estruendo de las olas del mar, se morirán de terror y angustia,  un cambio tan radical tan definitivo sólo indica el inicio de una nueva era, de un nuevo camino  como dice el salmo 24 (responsorial).

Con toda su contundencia, este mundo es difícil de asimilar, es un desafío demasiado abarcador pues que abraza la totalidad de la existencia humana es necesario renunciar a todo lo que hace nuestro mundo turbio, y lodoso. Alejarse de todo lo que nos pueda embriagar, el dinero, el poder, el orgullo y la vanagloria. Renunciar a las crápulas devastadoras del egoísmo y la ambición. Alejarse de la tentación de la resignación, del conformismo que nos aferra a nuestras rutinas, cómodas y a nuestros hábitos irresponsables y mezquinos. El nuevo mundo encuentra en nosotros muchas reticencias, es difícil de asimilar porque implica abrazar la nueva Vida en Jesucristo.

Esto implica sumir una actitud lúcida y alerta, un estado de vigilia para aprovechar la claridad. Armarnos de valor para discer4nit y llamar al pan, pan y al vino, vino. Sin ocultarnos a nosotros mismos todo lo que es dañino para nosotros y para nuestra familia. Discernir dónde está la trampa, dónde no es sino consumismo, egoísmo y robo descarado. Dónde es opresión y atentado contra la dignidad del hombre y de la mujer.

Por eso es necesario pedir con mucha fe el don de la fortaleza, para resistir al mal y  decidir con  energía -y con toda la pasión- aquello que claramente es el camino del Señor Jesús, lo que lleva al encuentro del Señor que es nuestra paz.

Por todo esto hoy la liturgia nos invita a estar alerta, a mantener el estado de vigilia, a hacernos el hábito de recogernos en nuestro interior, de reflexionar pausadamente en el silencio de nuestro espíritu, para descubrir en enorme proyecto que nos ofrece el hecho de la presencia del Señor Jesús en su Encarnación. El desafío exige una transformación tal de nuestras vida que sólo se puede adquirir, y obtener en la oración, pidiendo  a nuestro padre que nos de los ojos y el corazón de su Hijo, y desde el misterio de la Encarnación también hermano nuestro. La presencia de Jesús en la existencia personal modifica nuestra vida social.  Ya no es el mismo mundo, ni son los mismos astros, ni el mismo mar, porque no es el mismo hombre que por la Encarnación es familia de Dios y ciudadano del cielo.

La liturgia nos ofrece cuatro semanas, para entrar en meditación en reflexión y en oración, para asumir  este nuevo mundo que al mismo tiempo, don y regalo de la presencia de Jesucristo y una tarea de cada generación de cristianos.