sábado, 1 de diciembre de 2012


IADV-C

El primer domingo de adviento nos trae un magnífico portal del año que nos disponemos a vivir en compañía de Jesús, Nuestro Señor. Las lecturas de la Palabra de Dios nos hablan de las diferencias que  provoca y efectúa la presencia de Cristo en nuestro mundo y en nuestras vidas.

Las lecturas nos hablan del fin de un mundo caduco y de la irrupción de una nueva forma de tomar la existencia. Dice los textos que de tal manera es nuevo  el mundo que se abre con la presencia de Cristo que  a todos toma por sorpresa. Es tan diferente conmueve todo aquello a que nosotros estamos acostumbrados, nos desinstala y nos ubica en un horizonte más firme que los astros que rigen las estaciones, las épocas y los calendarios. Las lecturas que hicimos  implican que es un desafío  inusual y desacostumbrado. Es una reinvención del mundo dejando atrás las costumbres, los hábitos y las rutinas. Se abre el mundo desafiante de reinventar todo,  desde el entorno, la familia, la sociedad, la nación, la patria y todos los lenguajes. Porque en cristo todas las cosas son nuevas (Apocalipsis 21, 5)

Se trata de la presencia  del Hijo del hombre, pero no como una visita de doctor, o una fugaz presencia ni siquiera la presencia de Dios en un templo para ser venerado y adorado. Se trata de la presencia del Hijo de dios en la Encarnación, tomando nuestra carne de María santísima, haciéndose uno de nosotros, parte de la humanidad, adquiriendo no solo nuestra semejanza sino adoptando nuestra suerte, nuestra fragilidad y finitud es decir compartiendo con nosotros inclusive la muerte.

Esta es la razón de las imágenes estremecedoras de señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas, el estruendo de las olas del mar, se morirán de terror y angustia,  un cambio tan radical tan definitivo sólo indica el inicio de una nueva era, de un nuevo camino  como dice el salmo 24 (responsorial).

Con toda su contundencia, este mundo es difícil de asimilar, es un desafío demasiado abarcador pues que abraza la totalidad de la existencia humana es necesario renunciar a todo lo que hace nuestro mundo turbio, y lodoso. Alejarse de todo lo que nos pueda embriagar, el dinero, el poder, el orgullo y la vanagloria. Renunciar a las crápulas devastadoras del egoísmo y la ambición. Alejarse de la tentación de la resignación, del conformismo que nos aferra a nuestras rutinas, cómodas y a nuestros hábitos irresponsables y mezquinos. El nuevo mundo encuentra en nosotros muchas reticencias, es difícil de asimilar porque implica abrazar la nueva Vida en Jesucristo.

Esto implica sumir una actitud lúcida y alerta, un estado de vigilia para aprovechar la claridad. Armarnos de valor para discer4nit y llamar al pan, pan y al vino, vino. Sin ocultarnos a nosotros mismos todo lo que es dañino para nosotros y para nuestra familia. Discernir dónde está la trampa, dónde no es sino consumismo, egoísmo y robo descarado. Dónde es opresión y atentado contra la dignidad del hombre y de la mujer.

Por eso es necesario pedir con mucha fe el don de la fortaleza, para resistir al mal y  decidir con  energía -y con toda la pasión- aquello que claramente es el camino del Señor Jesús, lo que lleva al encuentro del Señor que es nuestra paz.

Por todo esto hoy la liturgia nos invita a estar alerta, a mantener el estado de vigilia, a hacernos el hábito de recogernos en nuestro interior, de reflexionar pausadamente en el silencio de nuestro espíritu, para descubrir en enorme proyecto que nos ofrece el hecho de la presencia del Señor Jesús en su Encarnación. El desafío exige una transformación tal de nuestras vida que sólo se puede adquirir, y obtener en la oración, pidiendo  a nuestro padre que nos de los ojos y el corazón de su Hijo, y desde el misterio de la Encarnación también hermano nuestro. La presencia de Jesús en la existencia personal modifica nuestra vida social.  Ya no es el mismo mundo, ni son los mismos astros, ni el mismo mar, porque no es el mismo hombre que por la Encarnación es familia de Dios y ciudadano del cielo.

La liturgia nos ofrece cuatro semanas, para entrar en meditación en reflexión y en oración, para asumir  este nuevo mundo que al mismo tiempo, don y regalo de la presencia de Jesucristo y una tarea de cada generación de cristianos.

 

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