IADV-C
El primer domingo de
adviento nos trae un magnífico portal del año que nos disponemos a vivir en compañía
de Jesús, Nuestro Señor. Las lecturas de la Palabra de Dios nos hablan de las
diferencias que provoca y efectúa la
presencia de Cristo en nuestro mundo y en nuestras vidas.
Las lecturas nos hablan del
fin de un mundo caduco y de la irrupción de una nueva forma de tomar la existencia.
Dice los textos que de tal manera es nuevo el mundo que se abre con la presencia de
Cristo que a todos toma por sorpresa. Es
tan diferente conmueve todo aquello a que nosotros estamos acostumbrados, nos
desinstala y nos ubica en un horizonte más firme que los astros que rigen las
estaciones, las épocas y los calendarios. Las lecturas que hicimos implican que es un desafío inusual y desacostumbrado. Es una reinvención
del mundo dejando atrás las costumbres, los hábitos y las rutinas. Se abre el
mundo desafiante de reinventar todo,
desde el entorno, la familia, la sociedad, la nación, la patria y todos
los lenguajes. Porque en cristo todas las cosas son nuevas (Apocalipsis 21, 5)
Se trata de la
presencia del Hijo del hombre, pero no
como una visita de doctor, o una fugaz presencia ni siquiera la presencia de
Dios en un templo para ser venerado y adorado. Se trata de la presencia del Hijo
de dios en la Encarnación, tomando nuestra carne de María santísima, haciéndose
uno de nosotros, parte de la humanidad, adquiriendo no solo nuestra semejanza
sino adoptando nuestra suerte, nuestra fragilidad y finitud es decir compartiendo
con nosotros inclusive la muerte.
Esta es la razón de las
imágenes estremecedoras de señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las
estrellas, el estruendo de las olas del mar, se morirán de terror y
angustia, un cambio tan radical tan definitivo
sólo indica el inicio de una nueva era, de un nuevo camino como dice el salmo 24 (responsorial).
Con toda su contundencia, este
mundo es difícil de asimilar, es un desafío demasiado abarcador pues que abraza
la totalidad de la existencia humana es necesario renunciar a todo lo que hace
nuestro mundo turbio, y lodoso. Alejarse de todo lo que nos pueda embriagar, el
dinero, el poder, el orgullo y la vanagloria. Renunciar a las crápulas
devastadoras del egoísmo y la ambición. Alejarse de la tentación de la resignación,
del conformismo que nos aferra a nuestras rutinas, cómodas y a nuestros hábitos
irresponsables y mezquinos. El nuevo mundo encuentra en nosotros muchas reticencias,
es difícil de asimilar porque implica abrazar la nueva Vida en Jesucristo.
Esto implica sumir una
actitud lúcida y alerta, un estado de vigilia para aprovechar la claridad.
Armarnos de valor para discer4nit y llamar al pan, pan y al vino, vino. Sin
ocultarnos a nosotros mismos todo lo que es dañino para nosotros y para nuestra
familia. Discernir dónde está la trampa, dónde no es sino consumismo, egoísmo y
robo descarado. Dónde es opresión y atentado contra la dignidad del hombre y de
la mujer.
Por eso es necesario pedir
con mucha fe el don de la fortaleza, para resistir al mal y decidir con
energía -y con toda la pasión- aquello que claramente es el camino del
Señor Jesús, lo que lleva al encuentro del Señor que es nuestra paz.
Por todo esto hoy la
liturgia nos invita a estar alerta, a mantener el estado de vigilia, a hacernos
el hábito de recogernos en nuestro interior, de reflexionar pausadamente en el
silencio de nuestro espíritu, para descubrir en enorme proyecto que nos ofrece el
hecho de la presencia del Señor Jesús en su Encarnación. El desafío exige una
transformación tal de nuestras vida que sólo se puede adquirir, y obtener en la
oración, pidiendo a nuestro padre que
nos de los ojos y el corazón de su Hijo, y desde el misterio de la Encarnación
también hermano nuestro. La presencia de Jesús en la existencia personal
modifica nuestra vida social. Ya no es
el mismo mundo, ni son los mismos astros, ni el mismo mar, porque no es el
mismo hombre que por la Encarnación es familia de Dios y ciudadano del cielo.
La liturgia nos ofrece
cuatro semanas, para entrar en meditación en reflexión y en oración, para asumir este nuevo mundo que al mismo tiempo, don y
regalo de la presencia de Jesucristo y una tarea de cada generación de
cristianos.
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