El Espíritu Santo
Pentecostés marca la plenitud
del Misterio Pascual, del misterio de la Resurrección como misterio de vida de
Dios en nosotros. Liberados de todos los obstáculos y llenos de la fuerza del Espíritu
Santo.
Liberados del pecado y de la
muerte, aligerados, ya sin lastres pesados y cargas inútiles, sin los miedos y
las inseguridades, llega en Pentecostés el Espíritu Santo como plenitud de vida
para renovar la faz de la tierra.
El Espíritu Santo inunda a
cada miembro de la comunidad de la Iglesia para robustecer y fortalecer, con la
tarea clara de combatir todo lo que separa y divide. El Espíritu Santo viene
como Don del Padre para promover y fortalecer lo que acerca y reúne, todo lo
que cohesiona y solidifica la unión. No para uniformar sino para levantar, con
nuestras diferencias, una comunidad de seres humanos que se conocen y que se
responsabilizan del débil y del pobre. Para formar un solo cuerpo.
Cristo sopla, infunde al Espíritu
Santo sobre los apóstoles para perdonar y reintegrar al que estaba expulsado a
la comunidad para que forme parte de ella y por ella trabaje. La presencia del
Espíritu derrama los “siete dones del espíritu Santo”. Los dones de fortaleza y resistencia ante los
enemigos de la verdad, de la justicia y de la libertad. Para que el Espíritu
nos llene de los dones de prudencia y de audacia, de valentía y de fortaleza
frente al mal.
El Espíritu santo es la
fuerza de Dios para transitar nuevos y más amplios horizontes, nos saca de
nuestros egoísmos y nos lanza por caminos de responsabilidad por los demás.
Con el brillo de la luz del
Espíritu Santo, con la claridad que proporciona el conocimiento del don de
ciencia y con la prudencia que da en don de sabiduría, el espíritu Santo nos
revela claramente el propósito de nuestra vida cristiana y sus etapas.
Es el Espíritu Santo el que
nos revela la ternura del Padre y nos manifiesta nuestra adopción como hijos de
Dios, como adoptados por el Padre, como hijos de Dios por el bautismo. Así Espíritu
Santo nos revela el Rostro del Padre, como injertados en Jesucristo el Hijo
eterno del Padre, de manera que su vida corre por nuestras venas y nuestro
corazón se vaya acostumbrando a los latidos del corazón del Padre.
Con la libertad de los hijos
de Dios, sin ataduras, sin miedos, con la paz que da estar en manos de nuestro
padre y con la alegría de no poder perderlo ya. Este es el Gozo del espíritu
Santo, la posesión de Cristo como nuestro hermano y amigo. Porque nadie puede
llamar a Jesús Señor, si no es bajo la acción el Espíritu Santo.
Y de eso somos testigos,
testigos de la vida, de la justicia, y de la paz. Cada uno de nosotros está
presente en diversos ambientes, unos más difíciles que otros, y en todos hay
muchos que están buscando la fe que les proporcione la paz. Esa es la misión nos
envía nuestro Señor Jesucristo en pentecostés.