PASCUAVI-C
La promesa del
Espíritu
La vida del resucitado es una vida en la Paz, la fe nos dice
que Cristo está, con nosotros de manera sólida e inconmovible, para siempre. La
celebración del misterio de la encarnación en Navidad nos reveló hasta qué
punto quiso el Hijo de Dios asumir
nuestra pobre condición humana. Si para el propio Jesús las consecuencias
fueron determinantes, mucho más lo fueron para nuestra existencia cotidiana.
Jesús se comprometió hasta la muerte y nosotros desde el bautismo estamos
orientados hasta la victoria de la vida.
En la Vigilia Pascual aprendimos que el bautismo equivale a un nuevo
nacimiento, pero no a la vida anterior sin o a una vida nueva. La vida del
cristiano se vuelve ajena y extraña a la superficialidad, a la vanidad, a la
simulación y a la corrupción; en cierto sentido
es una propuesta tan nueva que muchas veces se manifiesta a
contracorriente. El edificar una fraternidad con los más alejados y más
rechazados, no se aviene con la vanagloria, la prepotencia, el cinismo y la
simulación; los cristianos somos mensajeros de un proyecto de paz, no como la
da el mundo, la paz del sepulcro a fuerza plomo y miedo, sino que implica la
equidad, la reconciliación y la generosidad; la paz que es fruto de la justicia.
La propuesta del evangelio consiste en edificar cada día la
comunidad familiar, laboral y social.
Tenemos la palabra de Dios, es decir, Dios nos da su palabra
y mantiene su palabra aun por encima de nuestras infidelidades, mantiene su
promesa de reunirnos como un solo pueblo y encontrarnos una tierra prometida,
donde el pueblo pueda gozar de paz a la que tiene derecho. Por eso la palabra de cada ser humano es tan
importante, como lo vemos en la primera lectura (Hechos 21, 10-14, 20-23) donde
se respeta el desacuerdo de Pablo y Bernabé contra las autoridades de la
comunidad que eran los apóstoles Santiago y Pedro. Aunque causa molestia y
conflicto, se respeta la palabra de los disidentes, quienes de buena voluntad
buscan comprender la voluntad de Dios. Porque aunque la voluntad de Dios es
firme y sin ambigüedades, no siempre es evidente, no nos es tan comprensible y
nos cuesta mucho trabajo entenderla.
En este evangelio san Juan anuncia el envío del Espíritu
Santo, una nueva presencia de Dios en la comunidad, porque no sólo revela Dios
su voluntad sino que arrima los recursos para llevarla a cabo, porque la tarea
es de tal envergadura y tiene tales consecuencias que no se puede esperar que
sea de lo más fácil. Para seguir a
Cristo hay que arriesgar, se requiere buena dosis de audacia y de generosidad;
por eso se nos otorgan los Dones del Espíritu Santo, el don de sabiduría y
prudencia, el de la paciencia, el de la audacia y el de la fortaleza.
Cristo promete que enviará al Espíritu Santo para luchar por
la paz, no sólo para la abundancia y prosperidad, sino para que se pueda dar entre todos por la equidad, la lealtad, la libertad y la concordia.
Por eso promete una forma de presencia más universal y más
abarcadora que la que asumió mientras estaba en la historia con sus discípulos.
Es una nueva forma de arraigo en el amor, más trascendente y permanente en
todos los instantes del tiempo y aún más allá; es la promesa del Espíritu Santo
que guía la Iglesia.
Dice Jesús que el Espíritu Santo abre horizontes insospechados,
inimaginables e inesperados, para
transitar por los cuales, es necesario un suplemento de fuerza, de
conocimiento y de fidelidad. Por eso envía su Espíritu para que nos enseñe
todas las cosas, todo lo que implica la nueva relación de todos y cada uno con
Dios a partir de la resurrección, sólo el Espíritu Santo puede desentrañar el significado;
para esto el espíritu Santo nos trae a la memoria las maravillas del Señor, el
memorial de su pasión, muerte y
resurrección. En la Eucaristía que celebramos cada domingo Cristo se quedó con
nosotros de una nueva manera, más intensa, más concreta y mas apasionada, a la
que tenemos acceso en la comunión con su Cuerpo y con su Sangre.
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