martes, 19 de agosto de 2014

Universidad su concepto original, las ciencias puras y las humanidades


LA IDEA ORIGINARIA DE LA UNIVERSIDAD Y LA CONTRIBUCIÓN DE  DE LOS SEMINARIOS EN EL PROCESO DE  ENSEÑANZA-APRENDIZAJE”

 

Por el Dr. Luis G. Ramos Gómez-Pérez D. Phil. (Oxon.)

 

Hace 25 años, cuando yo era asesor del entonces llamado Departamento de Posgrado de Historia de México, el Dr. Juan José Saldaña me presentó la propuesta de incluir el seminario de Historia de la Ciencia en el Posgrado de Historia de nuestra Facultad de Filosofía y Letras, después de escuchar los argumentos del Dr. Saldaña y de hacer las consultas y los procesos que el reglamento vigente imponía, tuvimos la satisfacción de ver este seminario integrado en el currículo del referido posgrado de Historia. La clarividencia  y oportunidad de la propuesta y los fecundos resultados que año con año se incrementan tanto en nuestro país como en América Latina y en otros continentes, manifiestan de sobra los beneficios que han resultado de este acontecimiento. No quiero dejar escapar la oportunidad que me brinda este merecido homenaje al colega y amigo para compartir algunas consideraciones que este aniversario me sugiere.

Me gustaría reflexionar en voz alta sobre  el papel que juegan los seminarios en el proceso de aprendizaje de los estudios de posgrado en la idea originaria de la universidad tal como la concebimos y practicamos en la Casa Máxima de Estudios de este país.

 

I La idea de universidad

Quiero llamar a la memoria de ustedes datos muy conocidos de la idea originaria de la universidad y también hacer una breve reflexión sobre el papel de los seminarios en este contexto. La concepción medieval de la universidad apunta a universalidad del conocimiento, Universitas, se refiere  a la convergencia de todas las facultades: medicina, artes, filosofía y teología, esta experiencia innovadora tenía como objetivo derribar los diques que en la Edad Media impedían la libre circulación de las corrientes de pensamiento, griego, latino, árabe y judío que los centros monásticos y palatinos habían reservado a la élite noble o clerical. Estos centros se habían autonombrado defensores de una estrecha ortodoxia, en muchos puntos ya superada, y desarrollaban sus actividades  académicas muy lejos de las preocupaciones de la población más joven y ávida del conocimiento,  en reacción a este estado de cosas se crearon instituciones alternativas donde el discípulo convivía sin obstáculo con los maestros, según rezaba el adagio latino: in dulcedine societatis quaerere veritatem (la búsqueda de la verdad en la dulzura de la comunidad), por eso se referían a estas instituciones como Universitas scholarium et professorum (el conjunto de los profesores y los alumnos).

En los inicios, esta universidad obedeció a la novedosa situación originada a partir de las cruzadas y como consecuencia del descubrimiento del enorme acervo de conocimiento de la cultura musulmana. Las ciencias del hombre, la matemática y la política de la escuela occidental se tuvo qué medir con los comentarios árabes a los a los autores clásicos griegos, los académicos hallaron un mundo desconocido[1] en los resultados de las investigaciones y las experimentaciones de los científicos y filósofos árabes[2], las instituciones académicas del Islam estaban entonces en auge y su prestigio irradiaba toda el Asia Menor, el África del norte y España. Los tratados árabes del alma, del intelecto agente, de los guarismos y el álgebra, la medicina y de las instituciones del Estado llenaron los anaqueles de las bibliotecas y se leyeron en las aulas de los colegios en Bolonia, París y Oxford. Llenos de fervor, los alumnos estimulaban las mentes en discusiones públicas sobre los temas que más les preocupaban y en sesiones de cuestiones disputadas donde los profesores, bachilleres y maestros debatían sobre cuestiones suscitadas por los jóvenes, que contenían argumentos de tal magnitud que cimbraban las escuelas europeas. La experiencia de encontrarse diariamente con los profesores de matemáticas, de física, de medicina y de historia, de filosofía y teología en los corredores, las escaleras y los refectorios universitarios producía necesariamente una imagen del  hombre integral -ni escindido ni escindible­- poseedor de un conocimiento científico, filosófico y estético inseparable, conocimiento plural pero ordenado. Todo lo opuesto a una visión educación proyectada por ciertas simulaciones llamadas universidades tecnológicas y universidades politécnicas, la mayor parte de las cuales ofrecen un perfil de egreso de homo faber, entrenado para los servicios operativos y la transmisión de recetas inconexas para la promoción de ciertos hábitos de consumo en gran parte dañinos, para estos reducidos fines las humanidades tienen escasa o nula utilidad.

Este contexto plural es el propio de esta idea de la universidad, es el campo de cultivo de la historia pues la operación historiográfica[3] es el conocimiento, la ciencia, la disciplina y el arte que  hospeda todos los saberes universales, porque igual que el proyecto de universidad el conocimiento histórico mira al pasado con mirada angélica[4],  este conocimiento es una búsqueda, una investigación, atizada por los estremecimientos de los hechos vividos en el hoy humano. Pero no se confirma como conocimiento  somero sino que necesita  de la razón anamnética[5]  para traer al presente cada uno de los nombres de las víctimas cuyo sudor y sangre dieron vida a nuestro presente; porque la operación histórica no aspira a agotar el conocimiento de las acciones humanas, sino a descubrir su profundidad y arrancarles una respuesta a las preguntas de hoy. El tratamiento más adecuado de la complejidad del hecho histórico tiene por fuerza que incluir el estudio de las condiciones tecnológicas y científicas en las que se desarrolla cada sociedad.

En el saber histórico todas las perspectivas encuentran su orden, su lugar, de manera a estructurar un corpus de conocimiento que no omita el conocimiento la ciencia, la tecnología, o la economía, todos los saberes de que es capaz el ingenio humano para configurar su sociedad[6].

Porque la historia también abraza todas las perspectivas de la doxa y de la episteme, de todo aquello que se puede opinar sin probar, de todo lo que se puede imaginar sin comprobar, y de todo lo que comprueba su improbabilidad y que insistimos en tener a la mano para nublados días de incertidumbre y zozobra. La historia del pensamiento refiere a todo aquello que devela la admiración filosófica y el cuestionamiento del mundo, las zetémata, que deja perpleja a la mente al punto de requerir una “guía” por los dédalos donde van a emerger las cuestiones de sentido y de propósito. En fin en la historia  hallamos también, todo conocimiento que se transmite lúdicamente en el juego de pelota de los mayas y de los aztecas y aún en el rebote de  la esfera inflada que el juego infantil persigue y luego usa en la edad adulta.

La Universidad es el espacio de la búsqueda sin tregua de la episteme, tanto del saber apodíctico, que es a la vez estimulante, y de todo saber provisional como el que es auténticamente científico. Aristóteles no se sentía obligado a desechar la ontología a cada nuevo hallazgo de sus experimentos biológicos; ni los modelos matemáticos se relegan como inútiles porque el ingenio humano no ha hallado aún una aplicación concreta de ellos. Tampoco la historia miente cuando nuevos elementos o nuevas metodologías logran desarrollar un relato que no coincide con el que generaciones anteriores formularon y narraron.

Admiración, interés, sorpresa, azoro, horror, o rechazo inician el proceso por el cual se llega al conocimiento. Sea por la admiración que lleva a la atracción, a la aprobación y a la celebración,  y a la fiesta; o, al contrario, la revelación que descubre el abismo de la falsedad, de la mentira,  del engaño, y reacciona con horror y provoca rechazo, alejamiento y condena. Las ciencias y las artes, la antropología y la ética, las ciencias sociales y la tecnología se estimulan mutuamente en proporciones que dicta la circunstancia y que abren el horizonte de los conocimientos hasta donde alcanza la pregunta y lleva la indagación. Las ciencias exactas desafían los principios filosóficos y religiosos y estos a su vez cuestionan la pertinencia social y el sentido de las investigaciones.

La búsqueda de la libertad, de la justicia o de cualquier otra realidad reputada  como valor deseable, abre la pregunta sobre los ámbitos de conocimiento y sobre aquello que se debe aprender. Se trata de establecer si al ser se le puede definir exclusivamente  por aquello que se puede experimentar en laboratorio o si existe otra dimensión del ser humano que incide también en el bienestar y la felicidad que se busca.

Porque el conocimiento del ser humano se da necesariamente en su cuerpo, como sarx y como soma, como organismo, como escaparate de sentimientos  espontáneos y tácitos y como aparador del misterio interior. Pero también de todo aquello que planta al ser humano frente al mundo, toda experiencia que lo hace abrirse al entendimiento, una comprensión que intenta ir más allá el simple percibir. Comprender, en los límites de lo dable a la mente humana, dejando los misterios más cercanos al campo de la filosofía y los más lejanos a los instrumentos del pensamiento religioso.

La explicación histórica no se puede refugiar en un confinamiento teórico ni congelarse por miedo a la contaminación,-hecha la excepción de las negras melazas de la arbitrariedad mercenaria, porque son indelebles- y más bien se aventura, joven y audaz, hacia lo impensable, inverosímil, para no dejar que la utopía se fugue sin dejarnos algo de ella. Tertuliano decía que “la verdad no teme sino sólo ser ocultada” y hay muchas maneras de ocultar la verdad, una de ellas es  arrebatar  a los jóvenes la liberación por la verdad, por esta razón, la existencia en el desorden educativo vigente, de alumnos que no tienen cabida en los estudios superiores, los “rechazados”, es una de las grandes lacras de nuestra generación;  en un país que va a la muy zaga del nivel científico entre los de su dimensión y trayectoria,  la existencia de jóvenes excluidos de la posibilidad  de  adquirir el dominio  de su vida y su destino por el conocimiento y la ciencia, revela la calaña del sistema que produce este fenómeno, del mismo género, pero más reprobable, que la injusticia de las políticas del desempleo.

II Integrar la ciencia

La sugerencia del Dr. Saldaña de integrar en el posgrado de historia la Historia de la Ciencia no debía sino ser reflexionada, madurada, y ubicada en el currículo.

Porque la historiografía como la memoria, -hablo a quienes han reflexionado  esto por décadas- no es sólo de conceptos sino también de imágenes, no sólo de los universales sino también de  los individuos, no sólo es ciencia del pasado sino también conocimiento del presente y proyecto de futuro

Porque no está el conocimiento científico tan alejado de la historia que no se puedan encontrar en la imagen y en la metáfora. La memoria, en efecto,  a más de ser imagen, es orden con el que convoca la presencia de los recuerdos y los hace actuales.

La idea de  originaria de la universidad  es  incompatible con la práctica de uncir la universidad a las empresas –cuando están organizadas sólo  para maximizar la ganancia- porque choca con la actividad universitaria de invención de nuevo conocimiento, esto sólo puede ocurrir a partir de una prolongada investigación, con rigor y disciplina, pero cuyos resultados no siempre hallan una aplicación inmediata. En la idea de la universidad  el conocimiento tiene razón de medio, con el fin de mejorar la calidad de vida humana, de los individuos y de su sociedad. La práctica de la UNAM se dirige a que las empresas estén relacionadas a la Universidad donde se cultiva el acervo de conocimientos, se incrementa y se aplica para el progreso de de todo el país, de todos los mexicanos en particular de aquellos que dejan además de su fuerza de trabajo, la contribución de sus habilidades e ingenio, la idea de universidad es universal en sus miras y objetivos,  tanto en la ciencia pura como en la aplicada. La idea de universidad a la que nos hemos referido no puede realizarse con los criterios empresariales, y por el contrario, la empresa sí gana al situar su objetivo específico en el contexto unitario, integral de la universitas, de todos los conocimientos y saberes que examinan, critican y transforman a la comunidad.

 

III Los seminarios en el posgrado

Dentro del formato presencial en la educación superior y además de la transmisión de conocimientos por un maestro, y sin la intermediación de la imagen electrónica, existe el instrumento pedagógico del seminario. El seminario es el instrumento pedagógico que descansa en los hallazgos de las investigaciones de sus miembros bajo la dirección de un maestro en plena posesión o  dominio integral, es decir no solamente especial, de la materia. El maestro ha de ser capaz de transmitir la materia de su especialización pero también de situar la especialidad en el conjunto de la materia y en relación a las disciplinas  auxiliares. El alumno, como discípulo, es motivado a internarse en la investigación, y a examinar en equipo los resultados de sus búsquedas, para acostumbrarse al juicio de sus pares. Se puede argüir que esta es una tarea de los institutos, donde se puede tener acceso al universo digital y a formatos impresos y archivos difícilmente digitalizables y donde los miembros del instituto gozan de condiciones favorables para proyectos de larga duración. En la  facultad, es verdad, los estudiantes están de paso, y los proyectos de tesis están limitados en el tiempo,  pero los institutos  buscan sus candidatos entre los doctorandos que de manera sobresaliente descuellan en los seminarios de posgrado. Por eso el seminario, mejor que otros formatos de transmisión del conocimiento, se ajustan al trabajo de la educación superior.

En mi experiencia, al incluir la materia de la historia de la ciencia en el currículo de historia de México, los seminarios  se enriquecieron con nuevas temáticas, nueva documentación y metodologías nuevas, con temas que no era usual integrar en las discusiones periódicas de los seminarios. Aun en el seminario de “Historia de la Reforma, la invasión francesa y la restauración de la república”, cuya dinámica consistía en analizar y debatir entre los compañeros el tema, el planteamiento, la documentación, el método y en su caso la redacción de las tesis de los candidatos a maestría y doctorado. Aún en un seminario que parecería de temática alejada de temas científicos, la  llegada de temas de ciencia amplió la dimensión de todos los temas relacionados con la pedagogía, la medicina, el desarrollo industrial y otros aspectos del siglo XIX, con beneficio para todos los participantes. Es verdad que hay dificultades que es necesario vencer de manera que se respete la especificidad el objeto del conocimiento y la particularidad del método, pues las metas del conocimiento científico no siempre coinciden con el tipo de saberes que persigue el conocimiento histórico. Las leyes científicas no recubren lo que se puede llamar las “leyes” en el conocimiento histórico, pero ambas son explicaciones válidas de la realidad, y aportan a su manera interpretaciones de la vida del ser humano.

Relacionar los conocimientos para relacionar a las personas, a fin de obtener por el examen de sus múltiples facetas, la imagen del ser humanos en sociedad.

A un cuarto de siglo de esta experiencia didáctica, es de justicia rendir homenaje al doctor Saldaña por su lucidez clarividente, su tesón y su perseverancia  y a todos los que contribuyeron, con sus críticas, observaciones, y sobre todo con muchísimo trabajo, a que la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, una vez más, indique las vías más trascendentes del conocimiento que mejoran la vida del ser humano en sociedad, y que lo conducen a la libertad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] “La cordura ha de reafirmarse, acreditándose a sí misma como nueva. Ello tuvo lugar de modo muy trascendental  entre los grandes pensadores de Oriente, que supieron salvar, y al mismo tiempo transformar la luz griega”  Ernst Bloch, Avicena y la izquierda aristotélica, Madrid, Ciencia Nueva, 1966 (original alemán de 1952), p. 9.
[2] La bibliografía es inabarcable incluso en español, desde  la curiosa traducción argentina de la valiosa obra de Aldo Mieli , El mundo islámico y el occidente medieval cristiano, Espasa-Calpe Argentina, 19522  (el original italiano es de 1946)  tomo II del “Panorama General de Historia de la Ciencia”; hasta la monumental obra de Miguel Cruz Hernández, de la cual podemos tener una prueba en su obra: Historia del Pensamiento en el mundo Islámico, Madrid, Alianza 1996, 2 tomos.
[3]  Paul Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido, Buenos Aires, FCE  2006, p. 176,
[4] Bolívar Echeverría  “El ángel de la historia y el materialismo histórico” en Idem.  (comp.)  La mirada del ángel En torno a las tesis de historia de Walter Benjamin, FFyL UNAM-Era, 2005,   pp. 23-33.
[5] Reyes Mate Medianoche de la historia. Comentarios  a las tesis de Walter Benjamin “Sobre el concepto de la historia”, Madrid, Trotta, 2006.  Cap. 9, El ángel de la historia, pp.  155-167.
[6] A este respecto es interesante el panorama que nos ofrece Josep Fontana de “algunos de los grandes problemas  que afectan a los hombres y las mujeres que viven en sociedad, que son sujeto de que se ocupa la historia (…) para mostrar  de qué modo el análisis histórico puede ayudarnos a entender lo problemas  humanos fundamentales”. Ver: Josep Fontana,  Introducción al estudio de la historia, Barcelona, Crítica 1999, página 13.