LA IDEA ORIGINARIA DE LA
UNIVERSIDAD Y LA CONTRIBUCIÓN DE DE LOS
SEMINARIOS EN EL PROCESO DE
ENSEÑANZA-APRENDIZAJE”
Por el Dr. Luis G.
Ramos Gómez-Pérez D. Phil. (Oxon.)
Hace 25 años, cuando yo era
asesor del entonces llamado Departamento de Posgrado de Historia de México, el
Dr. Juan José Saldaña me presentó la propuesta de incluir el seminario de
Historia de la Ciencia en el Posgrado de Historia de nuestra Facultad de
Filosofía y Letras, después de escuchar los argumentos del Dr. Saldaña y de
hacer las consultas y los procesos que el reglamento vigente imponía, tuvimos
la satisfacción de ver este seminario integrado en el currículo del referido
posgrado de Historia. La clarividencia y
oportunidad de la propuesta y los fecundos resultados que año con año se
incrementan tanto en nuestro país como en América Latina y en otros continentes,
manifiestan de sobra los beneficios que han resultado de este acontecimiento.
No quiero dejar escapar la oportunidad que me brinda este merecido homenaje al
colega y amigo para compartir algunas consideraciones que este aniversario me
sugiere.
Me gustaría reflexionar en
voz alta sobre el papel que juegan los
seminarios en el proceso de aprendizaje de los estudios de posgrado en la idea
originaria de la universidad tal como la concebimos y practicamos en la Casa
Máxima de Estudios de este país.
I La idea de universidad
Quiero llamar a la memoria
de ustedes datos muy conocidos de la idea originaria de la universidad y
también hacer una breve reflexión sobre el papel de los seminarios en este
contexto. La concepción medieval de la universidad apunta a universalidad del
conocimiento, Universitas, se
refiere a la convergencia de todas las
facultades: medicina, artes, filosofía y teología, esta experiencia innovadora
tenía como objetivo derribar los diques que en la Edad Media impedían la libre
circulación de las corrientes de pensamiento, griego, latino, árabe y judío que
los centros monásticos y palatinos habían reservado a la élite noble o
clerical. Estos centros se habían autonombrado defensores de una estrecha
ortodoxia, en muchos puntos ya superada, y desarrollaban sus actividades académicas muy lejos de las preocupaciones de
la población más joven y ávida del conocimiento, en reacción a este estado de cosas se crearon
instituciones alternativas donde el discípulo convivía sin obstáculo con los
maestros, según rezaba el adagio latino: in
dulcedine societatis quaerere veritatem (la búsqueda de la verdad en la
dulzura de la comunidad), por eso se referían a estas instituciones como Universitas scholarium et professorum (el
conjunto de los profesores y los alumnos).
En los inicios, esta
universidad obedeció a la novedosa situación originada a partir de las cruzadas
y como consecuencia del descubrimiento del enorme acervo de conocimiento de la
cultura musulmana. Las ciencias del hombre, la matemática y la política de la
escuela occidental se tuvo qué medir con los comentarios árabes a los a los
autores clásicos griegos, los académicos hallaron un mundo desconocido[1] en los resultados de las
investigaciones y las experimentaciones de los científicos y filósofos árabes[2], las instituciones académicas
del Islam estaban entonces en auge y su prestigio irradiaba toda el Asia Menor,
el África del norte y España. Los tratados árabes del alma, del intelecto
agente, de los guarismos y el álgebra, la medicina y de las instituciones del
Estado llenaron los anaqueles de las bibliotecas y se leyeron en las aulas de
los colegios en Bolonia, París y Oxford. Llenos de fervor, los alumnos
estimulaban las mentes en discusiones públicas sobre los temas que más les
preocupaban y en sesiones de cuestiones disputadas donde los profesores,
bachilleres y maestros debatían sobre cuestiones suscitadas por los jóvenes, que
contenían argumentos de tal magnitud que cimbraban las escuelas europeas. La
experiencia de encontrarse diariamente con los profesores de matemáticas, de
física, de medicina y de historia, de filosofía y teología en los corredores,
las escaleras y los refectorios universitarios producía necesariamente una
imagen del hombre integral -ni escindido
ni escindible- poseedor de un conocimiento científico, filosófico y estético
inseparable, conocimiento plural pero ordenado. Todo lo opuesto a una visión educación
proyectada por ciertas simulaciones llamadas universidades tecnológicas y
universidades politécnicas, la mayor parte de las cuales ofrecen un perfil de egreso
de homo faber, entrenado para los
servicios operativos y la transmisión de recetas inconexas para la promoción de
ciertos hábitos de consumo en gran parte dañinos, para estos reducidos fines
las humanidades tienen escasa o nula utilidad.
Este contexto plural es el
propio de esta idea de la universidad, es el campo de cultivo de la historia pues
la operación historiográfica[3] es el conocimiento, la
ciencia, la disciplina y el arte que
hospeda todos los saberes universales, porque igual que el proyecto de
universidad el conocimiento histórico mira al pasado con mirada angélica[4], este conocimiento es una búsqueda, una
investigación, atizada por los estremecimientos de los hechos vividos en el hoy
humano. Pero no se confirma como conocimiento somero sino que necesita de la razón anamnética[5] para traer al presente cada uno de los nombres
de las víctimas cuyo sudor y sangre dieron vida a nuestro presente; porque la
operación histórica no aspira a agotar el conocimiento de las acciones humanas,
sino a descubrir su profundidad y arrancarles una respuesta a las preguntas de
hoy. El tratamiento más adecuado de la complejidad del hecho histórico tiene
por fuerza que incluir el estudio de las condiciones tecnológicas y científicas
en las que se desarrolla cada sociedad.
En el saber histórico todas
las perspectivas encuentran su orden, su lugar, de manera a estructurar un
corpus de conocimiento que no omita el conocimiento la ciencia, la tecnología,
o la economía, todos los saberes de que es capaz el ingenio humano para
configurar su sociedad[6].
Porque la historia también abraza
todas las perspectivas de la doxa y
de la episteme, de todo aquello que
se puede opinar sin probar, de todo lo que se puede imaginar sin comprobar, y
de todo lo que comprueba su improbabilidad y que insistimos en tener a la mano
para nublados días de incertidumbre y zozobra. La historia del pensamiento
refiere a todo aquello que devela la admiración filosófica y el cuestionamiento
del mundo, las zetémata, que deja
perpleja a la mente al punto de requerir una “guía” por los dédalos donde van a
emerger las cuestiones de sentido y de propósito. En fin en la historia hallamos también, todo conocimiento que se
transmite lúdicamente en el juego de pelota de los mayas y de los aztecas y aún
en el rebote de la esfera inflada que el
juego infantil persigue y luego usa en la edad adulta.
La Universidad es el espacio
de la búsqueda sin tregua de la episteme,
tanto del saber apodíctico, que es a la vez estimulante, y de todo saber
provisional como el que es auténticamente científico. Aristóteles no se sentía
obligado a desechar la ontología a cada nuevo hallazgo de sus experimentos
biológicos; ni los modelos matemáticos se relegan como inútiles porque el
ingenio humano no ha hallado aún una aplicación concreta de ellos. Tampoco la
historia miente cuando nuevos elementos o nuevas metodologías logran
desarrollar un relato que no coincide con el que generaciones anteriores
formularon y narraron.
Admiración, interés,
sorpresa, azoro, horror, o rechazo inician el proceso por el cual se llega al
conocimiento. Sea por la admiración que lleva a la atracción, a la aprobación y
a la celebración, y a la fiesta; o, al
contrario, la revelación que descubre el abismo de la falsedad, de la
mentira, del engaño, y reacciona con
horror y provoca rechazo, alejamiento y condena. Las ciencias y las artes, la
antropología y la ética, las ciencias sociales y la tecnología se estimulan
mutuamente en proporciones que dicta la circunstancia y que abren el horizonte de
los conocimientos hasta donde alcanza la pregunta y lleva la indagación. Las
ciencias exactas desafían los principios filosóficos y religiosos y estos a su
vez cuestionan la pertinencia social y el sentido de las investigaciones.
La búsqueda de la libertad,
de la justicia o de cualquier otra realidad reputada como valor deseable, abre la pregunta sobre
los ámbitos de conocimiento y sobre aquello que se debe aprender. Se trata de
establecer si al ser se le puede definir exclusivamente por aquello que se puede experimentar en laboratorio
o si existe otra dimensión del ser humano que incide también en el bienestar y
la felicidad que se busca.
Porque el conocimiento del
ser humano se da necesariamente en su cuerpo, como sarx y como soma, como
organismo, como escaparate de sentimientos
espontáneos y tácitos y como aparador del misterio interior. Pero
también de todo aquello que planta al ser humano frente al mundo, toda
experiencia que lo hace abrirse al entendimiento, una comprensión que intenta
ir más allá el simple percibir. Comprender, en los límites de lo dable a la
mente humana, dejando los misterios más cercanos al campo de la filosofía y los
más lejanos a los instrumentos del pensamiento religioso.
La explicación histórica no
se puede refugiar en un confinamiento teórico ni congelarse por miedo a la contaminación,-hecha
la excepción de las negras melazas de la arbitrariedad mercenaria, porque son
indelebles- y más bien se aventura, joven y audaz, hacia lo impensable,
inverosímil, para no dejar que la utopía se fugue sin dejarnos algo de ella.
Tertuliano decía que “la verdad no teme sino sólo ser ocultada” y hay muchas
maneras de ocultar la verdad, una de ellas es arrebatar
a los jóvenes la liberación por la verdad, por esta razón, la existencia
en el desorden educativo vigente, de alumnos que no tienen cabida en los
estudios superiores, los “rechazados”, es una de las grandes lacras de nuestra
generación; en un país que va a la muy zaga
del nivel científico entre los de su dimensión y trayectoria, la existencia de jóvenes excluidos de la
posibilidad de adquirir el dominio de su vida y su destino por el conocimiento y
la ciencia, revela la calaña del sistema que produce este fenómeno, del mismo
género, pero más reprobable, que la injusticia de las políticas del desempleo.
II Integrar la ciencia
La sugerencia del Dr.
Saldaña de integrar en el posgrado de historia la Historia de la Ciencia no
debía sino ser reflexionada, madurada, y ubicada en el currículo.
Porque la historiografía
como la memoria, -hablo a quienes han reflexionado esto por décadas- no es sólo de conceptos
sino también de imágenes, no sólo de los universales sino también de los individuos, no sólo es ciencia del pasado
sino también conocimiento del presente y proyecto de futuro
Porque no está el conocimiento
científico tan alejado de la historia que no se puedan encontrar en la imagen y
en la metáfora. La memoria, en efecto, a
más de ser imagen, es orden con el que convoca la presencia de los recuerdos y
los hace actuales.
La idea de originaria de la universidad es
incompatible con la práctica de uncir la universidad a las empresas –cuando
están organizadas sólo para maximizar la
ganancia- porque choca con la actividad universitaria de invención de nuevo
conocimiento, esto sólo puede ocurrir a partir de una prolongada investigación,
con rigor y disciplina, pero cuyos resultados no siempre hallan una aplicación
inmediata. En la idea de la universidad
el conocimiento tiene razón de medio, con el fin de mejorar la calidad de
vida humana, de los individuos y de su sociedad. La práctica de la UNAM se
dirige a que las empresas estén relacionadas a la Universidad donde se cultiva el
acervo de conocimientos, se incrementa y se aplica para el progreso de de todo
el país, de todos los mexicanos en particular de aquellos que dejan además de
su fuerza de trabajo, la contribución de sus habilidades e ingenio, la idea de
universidad es universal en sus miras y objetivos, tanto en la ciencia pura como en la aplicada.
La idea de universidad a la que nos hemos referido no puede realizarse con los
criterios empresariales, y por el contrario, la empresa sí gana al situar su
objetivo específico en el contexto unitario, integral de la universitas, de todos los conocimientos
y saberes que examinan, critican y transforman a la comunidad.
III Los seminarios en el
posgrado
Dentro del formato presencial
en la educación superior y además de la transmisión de conocimientos por un maestro,
y sin la intermediación de la imagen electrónica, existe el instrumento pedagógico
del seminario. El seminario es el instrumento pedagógico que descansa en los
hallazgos de las investigaciones de sus miembros bajo la dirección de un
maestro en plena posesión o dominio
integral, es decir no solamente especial, de la materia. El maestro ha de ser capaz
de transmitir la materia de su especialización pero también de situar la
especialidad en el conjunto de la materia y en relación a las disciplinas auxiliares. El alumno, como discípulo, es
motivado a internarse en la investigación, y a examinar en equipo los resultados
de sus búsquedas, para acostumbrarse al juicio de sus pares. Se puede argüir
que esta es una tarea de los institutos, donde se puede tener acceso al
universo digital y a formatos impresos y archivos difícilmente digitalizables y
donde los miembros del instituto gozan de condiciones favorables para proyectos
de larga duración. En la facultad, es
verdad, los estudiantes están de paso, y los proyectos de tesis están limitados
en el tiempo, pero los institutos buscan sus candidatos entre los doctorandos
que de manera sobresaliente descuellan en los seminarios de posgrado. Por eso
el seminario, mejor que otros formatos de transmisión del conocimiento, se
ajustan al trabajo de la educación superior.
En mi experiencia, al
incluir la materia de la historia de la ciencia en el currículo de historia de
México, los seminarios se enriquecieron
con nuevas temáticas, nueva documentación y metodologías nuevas, con temas que
no era usual integrar en las discusiones periódicas de los seminarios. Aun en
el seminario de “Historia de la Reforma, la invasión francesa y la restauración
de la república”, cuya dinámica consistía en analizar y debatir entre los
compañeros el tema, el planteamiento, la documentación, el método y en su caso
la redacción de las tesis de los candidatos a maestría y doctorado. Aún en un
seminario que parecería de temática alejada de temas científicos, la llegada de temas de ciencia amplió la dimensión
de todos los temas relacionados con la pedagogía, la medicina, el desarrollo
industrial y otros aspectos del siglo XIX, con beneficio para todos los
participantes. Es verdad que hay dificultades que es necesario vencer de manera
que se respete la especificidad el objeto del conocimiento y la particularidad
del método, pues las metas del conocimiento científico no siempre coinciden con
el tipo de saberes que persigue el conocimiento histórico. Las leyes
científicas no recubren lo que se puede llamar las “leyes” en el conocimiento
histórico, pero ambas son explicaciones válidas de la realidad, y aportan a su
manera interpretaciones de la vida del ser humano.
Relacionar los conocimientos
para relacionar a las personas, a fin de obtener por el examen de sus múltiples
facetas, la imagen del ser humanos en sociedad.
A un cuarto de siglo de esta
experiencia didáctica, es de justicia rendir homenaje al doctor Saldaña por su
lucidez clarividente, su tesón y su perseverancia y a todos los que contribuyeron, con sus
críticas, observaciones, y sobre todo con muchísimo trabajo, a que la Facultad
de Filosofía y Letras de la UNAM, una vez más, indique las vías más trascendentes
del conocimiento que mejoran la vida del ser humano en sociedad, y que lo
conducen a la libertad.
[1]
“La cordura ha de reafirmarse, acreditándose a sí misma como nueva. Ello tuvo
lugar de modo muy trascendental entre
los grandes pensadores de Oriente, que supieron salvar, y al mismo tiempo
transformar la luz griega” Ernst Bloch, Avicena y la izquierda aristotélica,
Madrid, Ciencia Nueva, 1966 (original alemán de 1952), p. 9.
[2] La
bibliografía es inabarcable incluso en español, desde la curiosa traducción argentina de la valiosa
obra de Aldo Mieli , El mundo islámico y
el occidente medieval cristiano, Espasa-Calpe Argentina, 19522 (el original italiano es de 1946) tomo II del “Panorama General de Historia de
la Ciencia”; hasta la monumental obra de Miguel Cruz Hernández, de la cual
podemos tener una prueba en su obra: Historia
del Pensamiento en el mundo Islámico, Madrid, Alianza 1996, 2 tomos.
[3] Paul Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido, Buenos Aires, FCE 2006, p. 176,
[4]
Bolívar Echeverría “El ángel de la
historia y el materialismo histórico” en Idem. (comp.)
La mirada del ángel En torno a las
tesis de historia de Walter Benjamin, FFyL UNAM-Era, 2005, pp. 23-33.
[5]
Reyes Mate Medianoche de la historia.
Comentarios a las tesis de Walter Benjamin
“Sobre el concepto de la historia”, Madrid, Trotta, 2006. Cap. 9, El ángel de la historia, pp. 155-167.
[6] A
este respecto es interesante el panorama que nos ofrece Josep Fontana de
“algunos de los grandes problemas que
afectan a los hombres y las mujeres que viven en sociedad, que son sujeto de
que se ocupa la historia (…) para mostrar
de qué modo el análisis histórico puede ayudarnos a entender lo
problemas humanos fundamentales”. Ver:
Josep Fontana, Introducción al estudio de la historia, Barcelona, Crítica 1999,
página 13.
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