sábado, 7 de septiembre de 2013


Tomar la cruz

En este domingo el evangelio nos presenta las condiciones del seguimiento, lo más radical del camino de Cristo.

San Lucas nos presenta a unas muchedumbres que están encantadas con una figura atractiva del ganador exitoso y buscan su parte del botín de gloria y poder. Buscan ya reservar la repartición para su familia y su grupo cercano. Por eso Jesús hace un alto y les informa sobre las condiciones del seguimiento. Primero el amor totalmente desinteresado y luego la libertad de cualquier obstáculo.

1.- Si alguno viene a mí y no me ama más que su familia, y a su grupo: no es digno de mi. En Cristo el Padre incluyó a todos judíos yno-judíos hombres y mujeres. En Cristo toda la humanidad quedó recuperada. Incluir a todos sin excluir a nadie. Para seguir a Jesús hay que superar las estructuras familiares hasta hacer la gran familia de todos los seres humanos. La clave es el amor, expulsar todo odio y toda discriminación para abarcar a todos y cada uno en el afecto de la amistad. Quien no adopta este amor, no ha tomado aún el proyecto de Cristo. Según san Lucas Jesús siempre actúa con determinación y resolución, con gran vigor y pasión; también esto pide de sus seguidores.

El Imperio Romano reprimía las protestas aniquilando a los descontentos. Para escarmiento los clavaba desnudos en la cruz como burla y escarnio para los rebeldes a la ley de gobierno. El condenado era obligado con latigazos, a levantar el travesaño horizontal y después de cargarlo colocarlo en el poste dispuesto en el lugar del suplicio; algunos oponían resistencia: Jesús dice que es necesario levantar su cruz con determinación pues es un honor padecer por la libertad. Asumir el precio de la soledad y la incomprensión en un sendero a contra corriente, para reafirmar la esperanza que no termina en la muerte.

Es necesario dar incluso la vida, hay que amar a Cristo más que a sí mismo, porque se es uno mismo cuando asume la causa del otro del indigente; se hace humano aquél que se entrega a la mejora de la humanidad; como los papás que se entregan a hacer de sus hijos buenos cristianos.

3.- Finalmente Jesús pone como condición de su seguimiento dejar todo, todos los bienes, abandonar toda ambición y avaricia de acumular, evitar agarrarse del clavo caliente de los bienes que no nos vamos a llevar, y que forzosamente hay que dejar a la hora que nos sorprenda la muerte, no ceder a la tentación de poner la seguridad en lo que se tiene sino más bien en lo que se entrega, andar sin trabas ni lastres por la vida, buscando cada día la plenitud y la trascendencia de nuestro ser. En una palabra: andar en búsqueda de la perfección de nuestra esperanza de una humanidad nueva en los caminos de Jesucristo.

Lo que la vida cristiana ofrece es un camino especial, arduo y trabajoso, lejos del odio y las esclavitudes, el camino de Jesús no se separa de la construcción de la sociedad civil sino que revela los valores que todas las personas andan buscando: el amor y la libertad. Para testimoniarlo, cada bautizado cuenta con la fuerza del Espíritu Santo que nos proporciona la sabiduría y Dios y la fuerza para construir el Reino de Dios.

Como dice un filósofo británico, “no es probable que una vida que no contenga nada por lo que uno no esté dispuesto a morir resulte muy fructífera”. El camino de Jesús nos ofrece mucho más: la revelación de la trascendencia que discretamente anida en nuestra vida cotidiana.

domingo, 1 de septiembre de 2013


 

 

Invita a los pobres (Lc 14, 1. 7-14)

El banquete es una explosión de cultura social. Se genera en primer lugar por la invitación a formar parte de una comunidad celebrativa; la convocación desencadena la actividad de un grupo alegre que acepta la invitación; los comensales vienen ataviados con sus vestidos más característicos y brillantes, dispuestos compartir en la alegría y el canto. Vienen todos bulliciosos dispuestos a halagar los cinco sentidos. Una feria de flores, vestidos, manteles, música, y por supuesto, todos los sabores.

En las grandes culturas comunitarias los banquetes del santo Patrono, o bien de bautizo, boda o los funerales se celebran como eventos de la comunidad que se reúne para marcar la presencia de todo el grupo en los festejos del pueblo. El acontecimiento es motivo de alegría y de corresponsabilidad para todos y cada uno.

En el banquete se comparte con generosidad, todo el que pasa es requerido y se le ofrece aquello que la cultura culinaria ha preparado durante días con recetas que la tradición ha conservado de los ancestros. Lo que la tierra produce y el pueblo le extrae con su trabajo, se prepara con imaginación y creatividad combinando los sabores propios de la cultura local, y que el tiempo ya ha consagrado.

La fiesta hace al pueblo, los trabajos, el precio, el disfrute comunitario y las manifestaciones artísticas ponen en movimiento la cultura de un grupo humano.

La recompensa no se pude tasar en metales ni en dinero, sino en el placer de hacer las cosas con gusto y como tributo a Dios que ha dado tantos bienes en la creación y las manos humanas han transformado. La verdadera recompensa es trascendente y tiene como resultado la vida solidaria de los integrantes del grupo. Toda otra recompensa seria vulgar y ofensiva, sería rebajar la finura estética que guarda celosamente el misterio del banquete.

Pues bien, Jesús de Nazaret, nuestro señor, compara muchas veces al reino de Dios con un banquete.

San Lucas nos habla en la parábola de los llamados al banquete. El evangelista reprueba a aquellos que llegan al banquete con propósito distinto del de compartir su vida y su corazón. A los que vienen a lucirse y a imponerse y así destruir la alegría del encuentro gratuito y generoso. Jesús se aleja de los que buscan los banquetes para insinuar el poder de su jerarquía y su vanagloria y para humillar a quienes la modestia oculta; Cristo censura a los que discriminan y dividen a la comunidad; a todos los que desconocen y desprecian el aporte de su semejante en el concierto de la fiesta.

Jesús hace la reflexión sobre el lugar donde se halla el verdadero honor y donde la vergüenza; propone para ser completamente feliz y para recibir una recompensa que sacie toda la esperanza humana, no buscarla de quienes, como en un intercambio de regalos, se ven forzados a dar cualquier cosa que tenga el mismo precio en dinero, por puro compromiso.

Jesús enseña que quien desee recibir la verdadera recompensa, la recompensa que sacie la esperanza humana, que no invite a las jerarquías, a la parentela, ni a nadie que tenga capacidad de devolver lo mismo. Los papás saben muy bien que no pueden esperar de lo hijos la recompensa a sus desvelos por educarlos como auténticos cristianos. La verdadera recompensa es trascendente y sólo se puede esperar en la resurrección de los justos.

Para ser profundamente feliz Jesús propone invitar a los cojos, a los ciegos, a los enfermos, a los débiles y a los indigentes, porque esta invitación acarrea la recompensa que sacia y que da la paz del alma. Es que Jesús habla del banquete de la comunidad convocada por Dios, y Dios convoca y requiere a todo el que se quiera convertir al Evangelio, en este banquete Dios entrega su propia vida en Jesucristo, lo cual desborda toda recompensa de medida humana. En el banquete de la Eucaristía, los invitados somos nosotros y la recompensa es el mismo Cristo.