domingo, 1 de septiembre de 2013


 

 

Invita a los pobres (Lc 14, 1. 7-14)

El banquete es una explosión de cultura social. Se genera en primer lugar por la invitación a formar parte de una comunidad celebrativa; la convocación desencadena la actividad de un grupo alegre que acepta la invitación; los comensales vienen ataviados con sus vestidos más característicos y brillantes, dispuestos compartir en la alegría y el canto. Vienen todos bulliciosos dispuestos a halagar los cinco sentidos. Una feria de flores, vestidos, manteles, música, y por supuesto, todos los sabores.

En las grandes culturas comunitarias los banquetes del santo Patrono, o bien de bautizo, boda o los funerales se celebran como eventos de la comunidad que se reúne para marcar la presencia de todo el grupo en los festejos del pueblo. El acontecimiento es motivo de alegría y de corresponsabilidad para todos y cada uno.

En el banquete se comparte con generosidad, todo el que pasa es requerido y se le ofrece aquello que la cultura culinaria ha preparado durante días con recetas que la tradición ha conservado de los ancestros. Lo que la tierra produce y el pueblo le extrae con su trabajo, se prepara con imaginación y creatividad combinando los sabores propios de la cultura local, y que el tiempo ya ha consagrado.

La fiesta hace al pueblo, los trabajos, el precio, el disfrute comunitario y las manifestaciones artísticas ponen en movimiento la cultura de un grupo humano.

La recompensa no se pude tasar en metales ni en dinero, sino en el placer de hacer las cosas con gusto y como tributo a Dios que ha dado tantos bienes en la creación y las manos humanas han transformado. La verdadera recompensa es trascendente y tiene como resultado la vida solidaria de los integrantes del grupo. Toda otra recompensa seria vulgar y ofensiva, sería rebajar la finura estética que guarda celosamente el misterio del banquete.

Pues bien, Jesús de Nazaret, nuestro señor, compara muchas veces al reino de Dios con un banquete.

San Lucas nos habla en la parábola de los llamados al banquete. El evangelista reprueba a aquellos que llegan al banquete con propósito distinto del de compartir su vida y su corazón. A los que vienen a lucirse y a imponerse y así destruir la alegría del encuentro gratuito y generoso. Jesús se aleja de los que buscan los banquetes para insinuar el poder de su jerarquía y su vanagloria y para humillar a quienes la modestia oculta; Cristo censura a los que discriminan y dividen a la comunidad; a todos los que desconocen y desprecian el aporte de su semejante en el concierto de la fiesta.

Jesús hace la reflexión sobre el lugar donde se halla el verdadero honor y donde la vergüenza; propone para ser completamente feliz y para recibir una recompensa que sacie toda la esperanza humana, no buscarla de quienes, como en un intercambio de regalos, se ven forzados a dar cualquier cosa que tenga el mismo precio en dinero, por puro compromiso.

Jesús enseña que quien desee recibir la verdadera recompensa, la recompensa que sacie la esperanza humana, que no invite a las jerarquías, a la parentela, ni a nadie que tenga capacidad de devolver lo mismo. Los papás saben muy bien que no pueden esperar de lo hijos la recompensa a sus desvelos por educarlos como auténticos cristianos. La verdadera recompensa es trascendente y sólo se puede esperar en la resurrección de los justos.

Para ser profundamente feliz Jesús propone invitar a los cojos, a los ciegos, a los enfermos, a los débiles y a los indigentes, porque esta invitación acarrea la recompensa que sacia y que da la paz del alma. Es que Jesús habla del banquete de la comunidad convocada por Dios, y Dios convoca y requiere a todo el que se quiera convertir al Evangelio, en este banquete Dios entrega su propia vida en Jesucristo, lo cual desborda toda recompensa de medida humana. En el banquete de la Eucaristía, los invitados somos nosotros y la recompensa es el mismo Cristo.

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