sábado, 6 de abril de 2013




Miedo y vulnerabilidad

La revelación de la resurrección es tan innovadora que suscita miedos y prevenciones. Tomó de sorpresa a los discípulos mismos por lo que cierran las puertas por miedo, porque fuera es noche. Permanecen  confinados y paralizados, con la parálisis que provoca la impotencia frente a la dimensión de un mal invencible.

En medio de sus miedos y de sus represiones, se presenta el Señor Resucitado para transmitirles la paz: Shalom, es la paz que consiste en el gozo de regresar al Oasis luego de varios meses de fatigas en el desierto, de caminatas interminables en caravanas para buscar los recursos para la subsistencia de la familia sorteando el hambre, la sed y los peligros. La paz es el descanso, el gozo de encostrarse de nuevo en el seno familiar, en la frescura de las fuentes de agua. El Shalom  es la paz, como  gozo de  estar en posesión de aquellos recursos indispensables para  hacernos humanos,  para disfrutar de la calidad de hijos de Dios. La presencia del Señor Resucitado aporta y transmite la paz y esta presencia causa inmensa alegría espiritual. La visión de Cristo trae profunda paz y auténtica  alegría.

Los otros discípulos ya vieron al señor resucitado,  sólo Tomás, permanece en la percepción de las llagas como signo de vulnerabilidad, de fracaso y de muerte. Por eso pide una demostración convincente, prueba palpable de la resurrección de Jesús; algo que no lo desplace de la seguridad de sus fuerzas,  una prueba que no le exija salir de su confinamiento.  Otra vez con las puertas bien cerradas, Jesús se hace presente para hacerlos comprender otra percepción de las llagas, las de las  manos y la del costado; ya no son signo de derrota sino de victoria. Ya no son los orificios por donde penetra la muerte sino el manantial de donde mana la vida. Es el amo y señor de la Vida sobre quien la muerte ya no tiene dominio, ahora la vulnerabilidad es fuente de esperanza, Jesús dice a Tomás, no te comportes como incrédulo sino como  persona que pone toda su fe en el Resucitado. No como quien sólo retrae en sus miedos y atrinchera en sus vulnerabilidades sino  como quien abre su resistencia y su audacia a las dimensiones del proyecto de Dios en Cristo. No como un incrédulo, derrotado antes de iniciar la lucha, sino como alguien que es consciente de que su fuerza es la del que venció al pecado y la muerte, que está convencido de que su fe es resorte y motor de una nueva forma de tomar la existencia, las realidades y las relaciones sociales.

El evangelio de san Juan dice que ahora hay que referirse al libro, a la palabra escrita donde se halla la visión del Señor resucitado, que modela nuestra mente, nuestra voluntad y nuestra libertad.

En nombre de esta fe los creyentes  se reunían como una sola comunidad, como un solo pueblo una sociedad para dar testimonio social de la esperanza que los habita, sobrepasando las barreras del miedo y la parálisis de la vulnerabilidad. La fe produce una esperanza contagiosa cuya sombra dinamiza a toda una comunidad  a sacar a la luz a enfermos y paralíticos  a fin de que que se integren a la comunidad para luchar por la paz.

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