¿Qué sentido puede tener la muerte?
El enamorado quiere que su instante dure eternidades.
Papás y mamás no quieren que se les mueran sus hijos. Todos los recursos se planean
para la duración más prolongada de los relámpagos de felicidad que alcanza cada
vida humana, se planean como si las chispas de felicidad pudieran durar
eternamente.
De suyo las pulsiones nos impulsan a perpetuar la especie
y por esto defendemos el patrimonio que
requiere la perpetuación de la familia y también del pueblo. De tal manera que la ley del levirato (Dt 25, 5-10) quería que
se perpetuara la tribu, el apellido, cargando la obligación sobre el cuñado. Se
buscaba cualquier artificio para que la tribu no se debilitara, no muriera. Y sin embargo la muerte impone inexorablemente su ley, sin
excepciones pese a tantas ilusiones y tantos esfuerzos por evitarla.
Los saduceos que eran los ricos de la comunidad de
Jerusalén sólo aceptaban como Sagrada Escritura el Pentateuco, la parte más
antigua de la Escritura, en donde no aparece la creencia de la vida eterna,
porque la creencia en la vida eterna va asomándose tímidamente en el antiguo
Testamento en el libro de Daniel (s. II ac) y en la lectura de las historias de
los hermanos Macabeo, aquelloa jóvenes emblemáticos de la resistencia de los
judíos en contra de la paganización de sus costumbres. Los saduceos no
necesitaban otra vida pues la que les tocó vivir los había tratado muy bien. No
había necesidad de más vida que la de los lujos que gozaban aprovechando su
complicidad con los romanos que sometían al pueblo a dura servidumbre. Por eso se
burlan de la predicación de Jesús y de
los grupos fariseos sobre la resurrección; se mofan sarcásticamente con el
ejemplo absurdo de los siete cuñados de la viuda, parodiando la llamada ley del
levirato.
Jesús les dice a los saduceos que cometen un grave error,
pues no entienden el nuevo planteamiento de la vida nueva en la
resurrección. El texto de san Lucas que
nos propone la lectura este domingo constituye la gran afirmación de la
resurrección en la predicación de Jesús de Nazaret. Jesús explica que no se trata de meter otra vez vida en un
cadáver, sino de plenificar, de llevar a la máxima realización el proyecto del
ser humano en Cristo. El pecado, es decir el odio, divide, separa y rasga toda
convivencia humana; pero el amor reúne, adhiere y reafirma la unión entre
hombre y mujer: la plenitud del plan del ser humano es vivir en sociedad por
amor . La ausencia del amor es la muerte, pero el amor de la comunidad sin
límites ni peligros, es la vida. La vida
plena que produce aquél gozo de haber conseguido en comunidad lo que se andaba
buscando; la paz por la que se había luchado tanto.
La resurrección no es un “eterno retorno de lo mismo”, no
es volver a subir la misma piedra para que de nuevo ruede cuesta abajo; más
bien es la novedad inédita de lo nuevo. La resurrección es la vida en Cristo,
la vida plena sin pecado y sin muerte; es la vida del pueblo de Dios que se
desarrolla en la comunidad y en la alabanza.
Los saduceos se equivocan al pensar que la promesa de
Dios termina en el absurdo de repetir dentro de la misma debilidad las mismas
dificultades, con los mismos resultados. La resurrección de la carne no es la
perpetuación de la especie humana vulnerada por el pecado, sino el ingreso
definitivo de la humanidad en el destino
de Cristo resucitado en la gloria del Padre.
Serán como ángeles e hijos de Dios, ya sin la urgencia de
la reproducción, queda sólo el amor, la ternura, el cariño, el aprecio, el respeto, la misericordia del
cuidado, la unión profunda en todo lo que el ser humano tiene de más grande y
más precioso. Una comunión sublime. Queda la acción de gracias y la celebración. “En
la vida que viene no se casarán y ya no
pueden morir porque Dios los ha resucitado”.
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