domingo, 10 de noviembre de 2013


¿Qué sentido puede tener la muerte?

El enamorado quiere que su instante dure eternidades. Papás y mamás no quieren que se les mueran sus hijos. Todos los recursos se planean para la duración más prolongada de los relámpagos de felicidad que alcanza cada vida humana, se planean como si las chispas de felicidad pudieran durar eternamente.

De suyo las pulsiones nos impulsan a perpetuar la especie y por esto defendemos  el patrimonio que requiere la perpetuación de la familia y también del pueblo. De tal manera que  la ley del levirato (Dt 25, 5-10) quería que se perpetuara la tribu, el apellido, cargando la obligación sobre el cuñado. Se buscaba cualquier artificio  para  que la tribu no se debilitara, no  muriera. Y sin embargo  la muerte impone inexorablemente su ley, sin excepciones pese a tantas ilusiones y tantos esfuerzos por evitarla.

Los saduceos que eran los ricos de la comunidad de Jerusalén sólo aceptaban como Sagrada Escritura el Pentateuco, la parte más antigua de la Escritura, en donde no aparece la creencia de la vida eterna, porque la creencia en la vida eterna va asomándose tímidamente en el antiguo Testamento en el libro de Daniel (s. II ac) y en la lectura de las historias de los hermanos Macabeo, aquelloa jóvenes emblemáticos de la resistencia de los judíos en contra de la paganización de sus costumbres. Los saduceos no necesitaban otra vida pues la que les tocó vivir los había tratado muy bien. No había necesidad de más vida que la de los lujos que gozaban aprovechando su complicidad con los romanos que sometían al pueblo a dura servidumbre. Por eso se burlan de  la predicación de Jesús y de los grupos fariseos sobre la resurrección; se mofan sarcásticamente con el ejemplo absurdo de los siete cuñados de la viuda, parodiando la llamada ley del levirato.

Jesús les dice a los saduceos que cometen un grave error, pues no entienden el nuevo planteamiento de la vida nueva en la resurrección.  El texto de san Lucas que nos propone la lectura este domingo constituye la gran afirmación de la resurrección en la predicación de Jesús de Nazaret. Jesús explica  que no se trata de meter otra vez vida en un cadáver, sino de plenificar, de llevar a la máxima realización el proyecto del ser humano en Cristo. El pecado, es decir el odio, divide, separa y rasga toda convivencia humana; pero el amor reúne, adhiere y reafirma la unión entre hombre y mujer: la plenitud del plan del ser humano es vivir en sociedad por amor . La ausencia del amor es la muerte, pero el amor de la comunidad sin límites ni peligros, es la vida.  La vida plena que produce aquél gozo de haber conseguido en comunidad lo que se andaba buscando; la paz por la que se había luchado tanto.

La resurrección no es un “eterno retorno de lo mismo”, no es volver a subir la misma piedra para que de nuevo ruede cuesta abajo; más bien es la novedad inédita de lo nuevo. La resurrección es la vida en Cristo, la vida plena sin pecado y sin muerte; es la vida del pueblo de Dios que se desarrolla en la comunidad y en la alabanza.

Los saduceos se equivocan al pensar que la promesa de Dios termina en el absurdo de repetir dentro de la misma debilidad las mismas dificultades, con los mismos resultados. La resurrección de la carne no es la perpetuación de la especie humana vulnerada por el pecado, sino el ingreso definitivo de la humanidad  en el destino de Cristo resucitado en la gloria del Padre.

Serán como ángeles e hijos de Dios, ya sin la urgencia de la reproducción, queda sólo el amor, la ternura, el cariño,  el aprecio, el respeto, la misericordia del cuidado, la unión profunda en todo lo que el ser humano tiene de más grande y más precioso. Una comunión sublime.  Queda la acción de gracias y la celebración. “En la vida que viene no se casarán  y ya no pueden morir porque Dios los ha resucitado”.

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