La pareja cristiana
TENEMOS UN PLAN MUY DIFíCIL
Jesús tiene una propuesta de vida de pareja que es muy
exigente y muy difícil. Es una propuesta de entrega y de sacrificio. Es una propuesta
que va al encuentro de la paz de la conciencia y de gozo inmensamente profundo.
Es un atractivo plan diseñado por Dios para
llenar todos los anhelos y las expectativas de vida en pareja.
En el matrimonio cristiano el deseo y el amor están
potenciados por Dios nuestro Padre y creador que en la creación que hizo hombre y mujer, el uno para el otro,
de tal forma que la realidad completa de cada parte de la pareja se encuentra en la otra y la de la otra parte se
halla radicalmente en la otra persona. Sólo juntos se la realidad completa que
Dios Padre ideó, planeó y diseñó. Lo
complicado del asunto es que se trata de dos libertades, dos personas libres
que no pueden perder su autonomía, que no pueden convertirse en apéndice o
parásito de la otra persona. Son dos libertades que requieren conservar su poder
de decisión, porque el matrimonio solamente se da entre personas que conservan su libertad.
Depender de otro no es malo, de hecho siempre dependemos
de alguien, mucho cuando bebés, también mucho en la vejez, pero siempre
dependemos de alguien; en este sentido siempre es bueno escoger las dependencias:
puedes depender de los sicarios o depender
de la suegra, pero es preferible depender de los amigos. Depender no
es malo si se conserva la voluntad y la
libertad; nunca es bueno renunciar a vivir como ser libre.
En el matrimonio, en la vida de pareja, se requieren dos libertades, si una libertad
se desactiva ya no es vida de pareja sino aniquilamiento de una persona, lo que
destruye definitivamente la posibilidad de la comunión de vida. Son dos
inteligencias y dos voluntades que deciden libremente recorrer un camino hacia
Dios con todos sus riesgos; cada una aporta lo que puede, y se esfuerza sin
cesar por dar todo lo que tiene. “Dejará el hombre a su padre y su madre, de
desprenderá del cordón umbilical, y se unirá a su esposa y serán los dos una
sola carne”. Por eso dice el texto del libro del Génesis y lo repite el
Evangelio, de tal forma están hechos por Dios para ser “una sola carne”, que
los ojos del uno brillan en la otra y las lágrimas de una escurren en los ojos
del otro. Comparten la sonrisa y se indignan juntos ante lo intolerable, de
tal manera que parecen una sola presencia. Comparten esfuerzos y por tanto las
penas y las alegrías.
Hay que entrar en la vida de pareja con un corazón de
niño, cuando juegan los niños tienen tan claro que el objetivo máximo es ser
felices y estar contentos, que pueden cambiar las reglas dl juego, si es para
divertirse más con los amiguitos. En la vida de pareja hay una finalidad
trascendente que es compartir objetivos e ideales muy altos, muy bellos, muy
espirituales, tan grandes que justifican
los sacrificios, los trabajos y los sufrimientos, como en el juego las reglas
tienen la flexibilidad del fin último,
que le da validez a las formas de resolver
nuevos problemas con soluciones inesperadas, y difíciles, si así lo pide la circunstancia con tal de
conseguir más felicidad en pareja.
Por eso en la Iglesia católica no puede pensarse en el
divorcio, porque la vida de pareja se refiere a la vida que Cristo le da a su
Iglesia, y porque nuestra imagen, nuestro arquetipo, y el ideal que se persigue en la Iglesia Católica,
es la unión de tres personas distintas y un solo Dios verdadero. Tres libertades que coinciden en la
felicidad del ser de Dios.
Dos medios nos son indispensables para seguir este modelo
de vida de pareja: la lectura del Evangelio, la escucha de la palabra de
Jesucristo en el silencio y la oración y
la vida sacramental, la comunión de cada domingo.
Es una propuesta que parece desafiar lo imposible, porque
lo que es imposible para el hombre es perfectamente posible para Dios.
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