Relación deseo-amor
El sacramento del matrimonio tiene como objetivo la
unidad de la que es fuente. El matrimonio humano está compuesto de deseo y de
amor.
El deseo despierta el amor porque comienza con la
declaración de indigencia, es decir el amor inicia con una confesión de que la
persona amada tiene el complemento que hace falta al corazón del que ama.
El deseo inquieta el
espíritu y la carne, el amor en cambio da quietud y reposo, el amor que
proporciona el contento y la paz. El deseo es fuente de agitación y el amor de
paz. El deseo pone en movimiento y el amor proporciona el reposo y la
satisfacción. La combinación de ambos proporciona el gozo pleno.
Por eso no basta el deseo que inicia con la atracción, hay
que llegar al amor que se sella en la posesión de todo lo que traía inquieto al
espíritu. Pero el amor sólo florece en un entono de sosiego y de caridad, el
amor requiere de un ambiente ameno, de una atmósfera amistosa que como las
plantas requieren cada día un poco de agua, unos rayos de sol y mucho aire
puro. El amor se prepara con un trato amable y grato, con mucha delicadeza y de
consideración, así se va cultivando la ternura hasta que florezca -como dice
san Pablo- el respeto que es el trato que caracteriza a una persona respetable
y el afecto que es opuesto al trato de banquero, de mercader y de transacción
económica. En el amor yo no “te doy para que me des”, sino que te consagro todo
a ti porque no puede hacerlo de otra manera para ser yo mismo. Solamente me
convierto en una persona cuando descubro a la otra persona y me hago
responsable de ella. La persona egoísta se vuelve autista y se va cerrando las
vías respiratorias del espíritu hasta que le falta el aire totalmente. En
cambio quien ha encontrado el amor y se entrega sinceramente descubre en sus
propios talentos nuevas riquezas para compartir más con la persona que ama.
Quien ama verdaderamente tiene un corazón muy grande en el que cabe mucha
riqueza, tanta que se vuelve imperioso compartirla..
En el matrimonio cristiano el deseo y el amor están
potenciados por Dios nuestro Padre que hizo hombre y mujer el uno para el otro,
de tal forma que la realidad completa de una está en el otro y la del otro se
halla radicalmente en la otra. Por eso dice el texto del libro del génesis y lo
repite el Evangelio que acabamos de escuchar, de tal forma están hechos por
Dios para ser “una sola carne”, que los ojos del uno brillan en la otra y las
lágrimas del una escurren en los ojos del otro. La indignación y la sonrisa se
comparten de tal manera que parecen una sola presencia.
Y es así la unión con Dios en la oración y en los
sacramentos. Nos sentimos incompletos sin Jesucristo, sin su presencia, la anhelamos
como el enamorado del Cantar de los Cantares de la segunda lectura que hicimos.
Estamos incompletos porque nos hace falta su amor su fuerza, su presencia; porque no se puede llamar vida donde falta
Cristo, necesitamos el calor y el alimento que para nosotros representa Cristo.
San Pablo dice que es lo que hace el “agua y la palabra”, el agua del bautismo
y la palabra de Dios que escuchamos cada domingo en la Eucaristía. Nuestra comunión
dominical nos da contento, placer, paz y sosiego del espíritu; en una palabra
nos da el amor de Dios que colma todas nuestras inquietudes y todos nuestros
deseos más profundos. Es nuestra fuerza y nuestra plenitud.
Cuando este amor habita el matrimonio Cristiano, entonces
hay paz para enfrentar todas las dificultades, los obstáculos y las agresiones
externas que no pueden faltar. Porque todo podemos en la fuerza del amor que
Jesucristo nos tiene a nosotros que somos su Iglesia.
Por eso el hombre abandonará a su Padre y a su Madre, se
unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Este es un gran misterio, que
se da entre Cristo y su Iglesia y que se repite en cada vida matrimonial de los
cristianos que sacan su fuerza de los sacramentos.
El matrimonio cristiano tiene como objeto esta unidad,
que cada pareja va recibiendo en su vida cotidiana de amor y de generosidad por
gracia del sacramento en el que invocaron con tanta fe la presencia de Dios
para toda su vida.
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