domingo, 7 de octubre de 2012


Relación deseo-amor

El sacramento del matrimonio tiene como objetivo la unidad de la que es fuente. El matrimonio humano está compuesto de deseo y de amor.

El deseo despierta el amor porque comienza con la declaración de indigencia, es decir el amor inicia con una confesión de que la persona amada tiene el complemento que hace falta al corazón del que ama.

 El deseo inquieta el espíritu y la carne, el amor en cambio da quietud y reposo, el amor que proporciona el contento y la paz. El deseo es fuente de agitación y el amor de paz. El deseo pone en movimiento y el amor proporciona el reposo y la satisfacción. La combinación de ambos proporciona el gozo pleno.

Por eso no basta el deseo que inicia con la atracción, hay que llegar al amor que se sella en la posesión de todo lo que traía inquieto al espíritu. Pero el amor sólo florece en un entono de sosiego y de caridad, el amor requiere de un ambiente ameno, de una atmósfera amistosa que como las plantas requieren cada día un poco de agua, unos rayos de sol y mucho aire puro. El amor se prepara con un trato amable y grato, con mucha delicadeza y de consideración, así se va cultivando la ternura hasta que florezca -como dice san Pablo- el respeto que es el trato que caracteriza a una persona respetable y el afecto que es opuesto al trato de banquero, de mercader y de transacción económica. En el amor yo no “te doy para que me des”, sino que te consagro todo a ti porque no puede hacerlo de otra manera para ser yo mismo. Solamente me convierto en una persona cuando descubro a la otra persona y me hago responsable de ella. La persona egoísta se vuelve autista y se va cerrando las vías respiratorias del espíritu hasta que le falta el aire totalmente. En cambio quien ha encontrado el amor y se entrega sinceramente descubre en sus propios talentos nuevas riquezas para compartir más con la persona que ama. Quien ama verdaderamente tiene un corazón muy grande en el que cabe mucha riqueza, tanta que se vuelve imperioso compartirla..

En el matrimonio cristiano el deseo y el amor están potenciados por Dios nuestro Padre que hizo hombre y mujer el uno para el otro, de tal forma que la realidad completa de una está en el otro y la del otro se halla radicalmente en la otra. Por eso dice el texto del libro del génesis y lo repite el Evangelio que acabamos de escuchar, de tal forma están hechos por Dios para ser “una sola carne”, que los ojos del uno brillan en la otra y las lágrimas del una escurren en los ojos del otro. La indignación y la sonrisa se comparten de tal manera que parecen una sola presencia.

Y es así la unión con Dios en la oración y en los sacramentos. Nos sentimos incompletos sin Jesucristo, sin su presencia, la anhelamos como el enamorado del Cantar de los Cantares de la segunda lectura que hicimos. Estamos incompletos porque nos hace falta su amor su fuerza, su presencia;  porque no se puede llamar vida donde falta Cristo, necesitamos el calor y el alimento que para nosotros representa Cristo. San Pablo dice que es lo que hace el “agua y la palabra”, el agua del bautismo y la palabra de Dios que escuchamos cada domingo en la Eucaristía. Nuestra comunión dominical nos da contento, placer, paz y sosiego del espíritu; en una palabra nos da el amor de Dios que colma todas nuestras inquietudes y todos nuestros deseos más profundos. Es nuestra fuerza y nuestra plenitud.

Cuando este amor habita el matrimonio Cristiano, entonces hay paz para enfrentar todas las dificultades, los obstáculos y las agresiones externas que no pueden faltar. Porque todo podemos en la fuerza del amor que Jesucristo nos tiene a nosotros que somos su Iglesia.

Por eso el hombre abandonará a su Padre y a su Madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Este es un gran misterio, que se da entre Cristo y su Iglesia y que se repite en cada vida matrimonial de los cristianos que sacan su fuerza de los sacramentos.

El matrimonio cristiano tiene como objeto esta unidad, que cada pareja va recibiendo en su vida cotidiana de amor y de generosidad por gracia del sacramento en el que invocaron con tanta fe la presencia de Dios para toda su vida.

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