sábado, 12 de enero de 2013


 

El Bautismo de Jesús y el nuestro

Las tres epifanías: Navidad, visita de los Magos y el bautismo de Jesús en el Jordán. Navidad: el Hijo de Dios aparece y se manifiesta en la humildad de nuestra carne, como bebé indefenso en el pesebre donde comen animales. La visita a los Magos de oriente extiende su revelación a los más lejanos a otras regiones y a otras religiones. El bautismo: revela presencia y la gracia de Dios  en cada vida humana tanto individual como social. Jesús permite que el bautista lo bautice, no para purificarse pues no puede tener falta ni pecado, sino para revelar lo que significa el bautismo. Porque bautizar significa sumergir en líquido, significa emerger de las aguas originarias, salir del elemento líquido para participar del mundo de la luz radiante. Para abrir los ojos al mundo de la claridad y del color.

Abrirse a los cielos donde está nuestro objetivo y nuestro destino, entrar en los cielos abiertos donde esta nuestra patria, nuestra ciudadanía, hacia donde nos jala nuestra tendencia y nuestra inclinación. Los cielos donde está nuestra familia y nuestra comunidad el mundo de la libertad del pecado y de la muerte.

Llega el Espíritu Santo  con un viento impetuoso a dinamizar con  energía vibrante con tal fuerza que se sacude el polvo, la fatiga, el cansancio, la rigidez de la vejez  y todos los obstáculos  que impiden la agilidad  de la juventud; sin los peligros de la muerte, sin el fracaso del pecado. El Espíritu Santo hace nuevas todas las cosas y “renovará la faz de la tierra”. El Espíritu santo trae la juventud y la audacia, a fuerza , la resistencia al mal y la determinación a seguir únicamente el bien, en alianza con Dios.

Al emerger victorioso  del agua del Jordán, el Padre desde su gloria dice a Jesús: “Tu  eres el hijo que más quiero, el que más alegría me da”. El es el hijo de Dios, al segunda Persona de la Trinidad, que habita con el Padre antes de todo los siglos, ahora se revela revestido de nuestra humanidad, en la humildad de nuestra carne y en la provisionalidad de nuestro destino. En esta debilidad el padre reconoce a su Hijo muy amado.

Y puesto que la  humanidad que el Hijo tomó de la Virgen María, es la nuestra, las Palabras del Padre a Jesús -que sale de las aguas del Jordán- también nos incluyen a nosotros. Estamos incluidos en las palabras: ¡Tú eres el hijo que más quiero! El que más alegría me da”. Desde entonces el bautismo  significa para cada uno de nosotros el amor especial de Dios, su predilección, es decir la elección de cada uno de nosotros como individuo y como sociedad, la selección de nuestras personas y nuestros destinos  de manera especial.

El Espíritu Santo baja con forma de paloma, de paloma de la Paz, de paloma de la alianza con Noé, de la alianza con toda la creación, la paloma que trae una rama de olivo en el pico, y así anuncia la paz, la armonía,  el orden y la tranquilidad. La paz como abundancia de losla riqueza de la creación, de los  bienes que alcanzan para todos si están bien repartidos.  La creación entera que canta la gloria de Dios. Por la aplicación de la justicia y el derecho, sin titubeos, sin ambigüedades sin claudicación, ni desistimiento. La paz es consecuencia de la aplicación de la justicia y el derecho. “Fiel a mi designio  de salvación,  te tomé de la mano, te formé y  te constituí alianza de un pueblo, luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de las mazmorras  a los que habitan en las tinieblas”. El pueblo que es el destinatario y poseedor de esta alegría es el mensajero,  para anunciar la paz por medio de Jesucristo, “haciendo el bien, sanado a todos los oprimidos  por el diablo” para establecer la justicia y el derecho hasta que resuenen más allá de los muros de la Iglesias y de las asambleas cristianas.

 

 

 

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