El Bautismo de Jesús y el nuestro
Las tres epifanías: Navidad, visita de los Magos y el bautismo
de Jesús en el Jordán. Navidad: el Hijo de Dios aparece y se manifiesta en la
humildad de nuestra carne, como bebé indefenso en el pesebre donde comen
animales. La visita a los Magos de oriente extiende su revelación a los más
lejanos a otras regiones y a otras religiones. El bautismo: revela presencia y
la gracia de Dios en cada vida humana
tanto individual como social. Jesús permite que el bautista lo bautice, no para
purificarse pues no puede tener falta ni pecado, sino para revelar lo que
significa el bautismo. Porque bautizar significa sumergir en líquido, significa
emerger de las aguas originarias, salir del elemento líquido para participar
del mundo de la luz radiante. Para abrir los ojos al mundo de la claridad y del
color.
Abrirse a los cielos donde está nuestro objetivo y nuestro
destino, entrar en los cielos abiertos donde esta nuestra patria, nuestra
ciudadanía, hacia donde nos jala nuestra tendencia y nuestra inclinación. Los
cielos donde está nuestra familia y nuestra comunidad el mundo de la libertad
del pecado y de la muerte.
Llega el Espíritu Santo
con un viento impetuoso a dinamizar con
energía vibrante con tal fuerza que se sacude el polvo, la fatiga, el
cansancio, la rigidez de la vejez y
todos los obstáculos que impiden la
agilidad de la juventud; sin los
peligros de la muerte, sin el fracaso del pecado. El Espíritu Santo hace nuevas
todas las cosas y “renovará la faz de la tierra”. El Espíritu santo trae la
juventud y la audacia, a fuerza , la resistencia al mal y la determinación a
seguir únicamente el bien, en alianza con Dios.
Al emerger victorioso
del agua del Jordán, el Padre desde su gloria dice a Jesús: “Tu eres el hijo que más quiero, el que más
alegría me da”. El es el hijo de Dios, al segunda Persona de la Trinidad, que
habita con el Padre antes de todo los siglos, ahora se revela revestido de
nuestra humanidad, en la humildad de nuestra carne y en la provisionalidad de
nuestro destino. En esta debilidad el padre reconoce a su Hijo muy amado.
Y puesto que la humanidad
que el Hijo tomó de la Virgen María, es la nuestra, las Palabras del Padre a Jesús
-que sale de las aguas del Jordán- también nos incluyen a nosotros. Estamos
incluidos en las palabras: ¡Tú eres el hijo que más quiero! El que más alegría
me da”. Desde entonces el bautismo
significa para cada uno de nosotros el amor especial de Dios, su
predilección, es decir la elección de cada uno de nosotros como individuo y como
sociedad, la selección de nuestras personas y nuestros destinos de manera especial.
El Espíritu Santo baja con forma de paloma, de paloma de la
Paz, de paloma de la alianza con Noé, de la alianza con toda la creación, la paloma
que trae una rama de olivo en el pico, y así anuncia la paz, la armonía, el orden y la tranquilidad. La paz como abundancia
de losla riqueza de la creación, de los bienes
que alcanzan para todos si están bien repartidos. La creación entera que canta la gloria de Dios.
Por la aplicación de la justicia y el derecho, sin titubeos, sin ambigüedades
sin claudicación, ni desistimiento. La paz es consecuencia de la aplicación de
la justicia y el derecho. “Fiel a mi designio
de salvación, te tomé de la mano,
te formé y te constituí alianza de un
pueblo, luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a
los cautivos de la prisión y de las mazmorras
a los que habitan en las tinieblas”. El pueblo que es el destinatario y
poseedor de esta alegría es el mensajero,
para anunciar la paz por medio de Jesucristo, “haciendo el bien, sanado
a todos los oprimidos por el diablo”
para establecer la justicia y el derecho hasta que resuenen más allá de los
muros de la Iglesias y de las asambleas cristianas.
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