domingo, 20 de enero de 2013


 

OrdIIC2013

Algunos llaman al evangelio de Juan el libro de los signos porque en este evangelio, la pascua, esto es, la crucifixión de Jesús cuando dio la vida y la resurrección como signo máximo de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, la pascua es el signo definitivo de la Unión del hijo de Dios con nuestra humanidad. Y es que Juan nos ofrece en su Evangelio elaboraciones y reflexiones con imágenes muy elocuentes para referirnos a la dimensión de la relación de Dios con su pueblo, con la comunidad, con la Iglesia.

Al narrarnos las bodas de Caná acumuló cuantas referencias simbólicas le inspiró el Espíritu Santo para que entendiéramos el tipo de relación de pareja que Dios quiso vivir con su pueblo, con la Iglesia, prototipo para la vida de pareja humana.

En esto Juan no es muy original, pues la relación de Dios con Israel se describe muchas veces en la Biblia en términos conyugales y en términos maritales. En el Antiguo Testamento se insiste mucho en la relación apasionada que Dios en su inmensidad y en su grandeza ilimitada, lleva con su pareja que es Israel, un pueblo pobre, frágil, despreciado, rebelde débil y para colmo infiel. Departe de Dios es una relación de ternura indecible, de delicado cariño, que a veces parece excesivamente insistente. El amor de Dios es indefectible, no falla ni disminuye, no se puede acabar, no puede variar ni desdecirse, pero se muestra muy sensible y casi dependiente de la reciprocidad del cariño que espera de Israel, que por supuesto nunca llega a la calidad del amor divino que recibe de Dios. El de Dios es un amor tan grande que parece extraño: “El placer que experimenta el joven esposo por su esposa joven”, es la comparación más cercana al gozo que Dios experimenta en la unión con el Pueblo. Un amor apasionado hasta el paroxismo. Cuando dice: Te llamarán placer mío y a tu tierra le dirán “esposa de Dios” porque el Señor halla en tí su placer y se ha comprometido totalmente con tu pueblo.

Juan explica esto con los detalles del vino, por supuesto que no se trata de intoxicar a la concurrencia, sino de subrayar la alegría. Cuando durante la fiesta María le dice a Jesús “no tienen vino”, sin duda no fue por falta de recursos para comprar , pues tienen seis tinajas de piedra de cien litros sólo para la abluciones, que ni en las casas más ricas se encontraban. No, el vino del que se habla es la alegría de la unión de Dios con su pueblo. Porque dice que llenaron seis tinajas y el agua se convirtió en vino, pero seis en la Biblia es un número imperfecto, falta la séptima tinaja de cien litros de vino. La séptima es la presencia de Jesús en la comunidad, en la Iglesia. Es el gozo del intercambio, de la alegría de la fusión de personas, de la mutua complacencia, de la donación mutua de todo aquello que más propiamente se puede llamar vida. Por amor a Jerusalén no me daré reposo, hasta que el amor brille de tal manera, que a todos los que vean esta experiencia de unión mística de Israel, sirva de inspiración y de esperanza.

La comunidad a la que Jesús se refiere como “mujer” ,pues muchas veces la Iglesia se presenta en el Nuevo Testamento como Esposa de Cristo, la mujer es la que da la orden:  “Hagan lo que les pida”. Los meseros llevaron el vino al capitán o encargado de la fiesta, y éste, sin saber la procedencia, reconoció la calidad nueva, diferente, de otra clase. ¡Tú guardaste este vino hasta este momento!

La presencia de Jesús llega en la plenitud de los tiempos cuando elpuebo ya ha sido preparado por la gracia de Dios y el signo del que habla san Juan es precisamente la presencia de Dios en Cristo; Cristo como amor de Dios por su comunidad, por su Iglesia, un amor que no se parece a ningún otro, de otra clase, de otro estrato. El amor de Cristo por la Iglesia es la manifestación de la gloria del Padre en su pueblo y s en esto donde los discípulos ponen en él toda su confianza, toda su fe, en las Bodas de Caná y también el día de hoy.

 

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