Candelaria
Este domingo
celebramos la presentación de Jesús en el templo que antes llamábamos la
Purificación de María; o la fiesta de la
Candelaria por las candelas que se encienden simbolizando a Jesús que es la
“luz de todos los pueblos”.
Acabamos de escuchar la pintoresca escena que nos dibuja
el evangelista Lucas cuando entra en el templo aquél de quien el mismo evangelista nos explicó que
era el Salvador y era el Señor. O sea entra en el Templo de Dios el Mesías
el enviado de Dios, el que ha de liberar
a su pueblo. La ocasión es la purificación de María, pues según las leyes de Israel, toda mujer que daba luz a un hijo
varón contraía la impureza legal que le impedía participar en los ritos por cuarenta días, si el recién nacido era mujer,
entonces quedaba impura hasta ochenta días y tenían que ir al templo a redimir
al recién nacido. La entrada de Jesús en
el Templo es muy discreta, pues no hay escena de solemne recepción por una
comitiva, como cuando Jesús recién nacido se revela a los pastores; entonces aparecieron
muchos ángeles cantando “¡Gloria a Dios en el cielo!”. La entrada de Jesús en
el templo para su presentación es humilde, entra san José con dos tórtolas en
la mano, la ofrenda de la gente pobre, y no lo recibe ni el sumo sacerdote ni
los levitas y sacerdotes del templo. Únicamente dos personas lo reconocen, los
dos ya muy ancianos: Simón y Ana. Simeón esperaba con todo el corazón al mesías
que consolara al pueblo de tanta agresión y sufrimiento; esperaba con una vida de justicia y de gran
amor y fidelidad al plan de Dios. En él moraba el Espíritu Santo que le daba
fortaleza para esperar sin desfallecer contra toda esperanza. Simeón estaba persuadido que no moriría sin
haber visto al Salvador. Sino que Dios mandaría a su Mesías para establecer
su proyecto de un pueblo unido y libre. Cuando
reconoce al Mesías se llena de alegría
la hora ha llegado, Dios ha cumplido su promesa. Los tiempos están cumplidos
estamos en la era final de la consolación del pueblo. La salvación ha comenzado a realizarse a la
vista no sólo del pueblo judío sino de todos los pueblos, la luz de la
esperanza ya brilla para todas las naciones y esta es una gloria innegable del pueblo
de Israel.
María y José quedaron muy sorprendidos de todo lo que el anciano
decía del niño. Simeón los bendijo y
dirigiéndose a María la madre de Jesús le dijo: Este niño va a ser causa de que
algunos se reafirmen y otros se tambaleen. A muchos no les va a parecer
correcto su proceder y su palabra, porque va dejar al desnudo el
pensamiento de muchos corazones. Y le dice a María “Todo esto va a ser para ti como una espada que atraviese
tu alma”.
Ana, llamada la profetisa, profetisa significa una mujer
que nos recuerda la alianza con Dios, era una anciana perteneciente a una tribu muy pobre:
la de Aser. Desde muy joven vivió con su marido durante siete años, como una perfecta
mujer Israelita. Y luego al quedar viuda, se dedicó doce veces siete años (84)
al servicio del Templo para buscar, profundizar y meditar la voluntad de Dios, en la práctica del ayuno y
la oración. Al pasar por ahí reconoció al niño Jesús y comenzó a comunicar el
significado de la presencia de Jesús a todos aquellos que esperaban la
liberación de Israel.
La vida coherente con el mensaje de Jesús permite
reconocer por dónde andan los caminos de
Dios, por dónde se revela la Palabra de Dios y dónde se manifiesta la presencia
del señor. Para reconocer dónde anda
Jesús hay que practicar una vida
coherente con su palabra, como la de Simeón, como la de Ana.
La sagrada familia vuelve a su pueblo de Nazaret, pues en
la vida del hogar se descubre la voluntad de Dios y se crece en sabiduría y en
la gracia de Dios.
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