IIADV-A
El mesías de la promesa
El mesías, viene de la casa de David, viene a salvar al
pueblo de una situación absolutamente desesperada. Como un árbol caído, o un cerro quemado y desforestado, donde sólo
quedan los tocones y la tierra chamuscada, así había quedado el resto del
pueblo de Israel. Fuera de toda esperanza de recuperación, el cumplimiento de
las promesas de Dios se lleva a cabo; de ese tronco caído y de la tierra
arrasada, brota el vástago, el renuevo, el retoño de David. O sea el mesías enviado
de Dios, en cumplimiento de las promesas hechas por Dios a su pueblo. Juan
Bautista anuncia que el tiempo ha llegado para el cumplimiento de las promesas
de Dios de enviar un mesías. Para Dios no hay situación desesperada, el
cumplimiento de su promesa está por encima de toda circunstancia por más
inverosímil que parezca.
El pueblo de Dios esta sojuzgado, sometido, reducido a
servidumbre. No puede acceder a la justicia
por la venalidad de los jueces,
el pobre no se puede defender porque no tiene palancas, ni aliados para
destrabar la justicia condicionada por el poder y el dinero, el humilde sabe
que está condenado a la servidumbre y a vivir postergado por la impunidad y la corrupción. No tiene a
quién recurrir y siente la desesperación de la impotencia. Por eso clama por el
mesías que le traiga la salvación. Espera al Mesías, que venga a salvar al
pobre al que no le queda otra alternativa para dar de comer a su familia, que
venderse como esclavo.
El mesías de Dios
viene a salvar a su pueblo con la
fuerza del Espíritu Santo, el don de fortaleza que robustece y afirma las
acciones del creyente; el Espíritu Santo ilumina le mente del creyente con la
sabiduría que da el entender el plan de Dios, con la lucidez y la audacia, el
Espíritu santo le da la fortaleza para resistir a todo embate del mal; le da la fuerza de la verdad que emerge victoriosa sobre el cúmulo de
engaños y mentiras. Así es como el mesías viene a dar la libertad, la sabiduría
y la audacia.
Así se comprende la figura recia y austera de Juan
Bautista es, es el nuevo Josué, el nuevo profeta que conduce al pueblo por el desierto a la tierra prometida.
A Juan Bautista no lo doblega cualquier viento, no se pliega a los dictados
del mundo conformista y domesticado: viste y come como lo exige el anuncio que predica. Anuncia un mundo diferente, un mundo nuevo donde no existe la ferocidad, la amenaza y el
miedo, donde del las armas mortíferas se harán máquinas para producir alimento,
el pueblo será conducido por la mente limpia de la inocencia y la rectitud. Un mundo
nuevo donde el conocimiento del plan de Dios sobre el hombre será la norma y la
ley, la inspiración y la motivación de todas las acciones. Entonces la
comunidad de los creyentes será el modelo a imitar por los que no tienen fe ni
esperanza.
Con su voz y con el testimonio de su vida Juan Bautista
prepara la venida de Jesús como mesías, como aquel donde se cumplen las
promesas de Dios, aquél a quien el Espíritu Santo unge en el momento del
bautismo (Lc 3,22) para enviarlo en su misión de predicar el reino de Dios. El
mesías defenderá con justicia, al pobre y desamparado, con equidad dará
sentencia al pobre, (…) será la justicia
su cinturón y faja para aguantar el peso de su responsabilidad.
Juan llevaba a cabo el rito del bautismo, que consistía
en sumergir a los que querían cambiar de vida en el agua del río Jordán, pero
advertía que el mesías los iba a sumergir en la vida misma de Dios, de donde
saldrían con el fuego del amor de Dios,
con el Espíritu Santo.
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