sábado, 7 de diciembre de 2013


 IIADV-A

El mesías de la promesa

El mesías, viene de la casa de David, viene a salvar al pueblo de una situación absolutamente desesperada. Como un árbol caído,  o un cerro quemado y desforestado, donde sólo quedan los tocones y la tierra chamuscada, así había quedado el resto del pueblo de Israel. Fuera de toda esperanza de recuperación, el cumplimiento de las promesas de Dios se lleva a cabo; de ese tronco caído y de la tierra arrasada, brota el vástago, el renuevo, el retoño de David. O sea el mesías enviado de Dios, en cumplimiento de las promesas hechas por Dios a su pueblo. Juan Bautista anuncia que el tiempo ha llegado para el cumplimiento de las promesas de Dios de enviar un mesías. Para Dios no hay situación desesperada, el cumplimiento de su promesa está por encima de toda circunstancia por más inverosímil que parezca.

El pueblo de Dios esta sojuzgado, sometido, reducido a servidumbre. No puede acceder a la justicia  por la venalidad de  los jueces, el pobre no se puede defender porque no tiene palancas, ni aliados para destrabar la justicia condicionada por el poder y el dinero, el humilde sabe que está condenado a la servidumbre y a vivir postergado por  la impunidad y la corrupción. No tiene a quién recurrir y siente la desesperación de la impotencia. Por eso clama por el mesías que le traiga la salvación. Espera al Mesías, que venga a salvar al pobre al que no le queda otra alternativa para dar de comer a su familia, que venderse como esclavo.

El mesías de Dios  viene a salvar a  su pueblo con la fuerza del Espíritu Santo, el don de fortaleza que robustece y afirma las acciones del creyente; el Espíritu Santo ilumina le mente del creyente con la sabiduría que da el entender el plan de Dios, con la lucidez y la audacia, el Espíritu santo le da la fortaleza para resistir a todo embate del mal; le da la fuerza de la verdad que emerge victoriosa sobre el cúmulo de engaños y mentiras. Así es como el mesías viene a dar la libertad, la sabiduría y la audacia.

Así se comprende la figura recia y austera de Juan Bautista es, es el nuevo Josué, el nuevo profeta que conduce al  pueblo por el desierto a la tierra prometida. A Juan Bautista no lo doblega cualquier viento, no se pliega a los dictados del mundo conformista y domesticado: viste y come como  lo exige el anuncio que predica.  Anuncia un mundo diferente, un mundo nuevo  donde no existe la ferocidad, la amenaza y el miedo, donde del las armas mortíferas se harán máquinas para producir alimento, el pueblo será conducido por la mente limpia de la inocencia y la rectitud. Un mundo nuevo donde el conocimiento del plan de Dios sobre el hombre será la norma y la ley, la inspiración y la motivación de todas las acciones. Entonces la comunidad de los creyentes será el modelo a imitar por los que no tienen fe ni esperanza.

Con su voz y con el testimonio de su vida Juan Bautista prepara la venida de Jesús como mesías, como aquel donde se cumplen las promesas de Dios, aquél a quien el Espíritu Santo unge en el momento del bautismo (Lc 3,22) para enviarlo en su misión de predicar el reino de Dios. El mesías defenderá con justicia, al pobre y desamparado, con equidad dará sentencia al pobre,  (…) será la justicia su cinturón y faja para aguantar el peso de su responsabilidad.

Juan llevaba a cabo el rito del bautismo, que consistía en sumergir a los que querían cambiar de vida en el agua del río Jordán, pero advertía que el mesías los iba a sumergir en la vida misma de Dios, de donde saldrían con el  fuego del amor de Dios, con el Espíritu Santo.

 

 

 

 

 

 

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