martes, 26 de marzo de 2013


Cristina y Martín

En este espléndido recinto de la palabra, de la predicación, y en este crisol de culturas, pretéritas y presentes en Oaxaca, es un lugar insuperable para  celebrar el sacramento el matrimonio. Sacramento es el latín por mysterion en griego y es muy apropiado para  el consentimiento que ustedes dos van a declararse, la promesa solemne de llevar de ahora en adelante una vida unidos en Dios.

Toda persona para encontrarse a si misma tiene que descubrir al otro, porque nadie está completo sin hacerse responsable del otro. En la visión cristiana nadie puede esperar que el otro gire alrededor del propio ego; es el cuidado, la atención y la preocupación por el otro es lo que hace a una persona un sí mismo que se mueve libremente. Con una libertad que se afirma con cada decisión, con cada elección por lo mejor, por lo más humano.

Todos los sacramentos de la Iglesia católica están dirigidos a la edificación de la comunidad y todos implican una responsabilidad social. Así como el ser humano no se perfecciona sino cuando participa de la comunidad, así también en la Iglesia cada sacramento apunta desde el cariño y la ternura de pareja, a una responsabilidad comunitaria, social.

En la Iglesia católica el matrimonio es una vocación, es decir es un regalo de Dios, es una elección que Dios hace para que una pareja que se ama estructure y edifique una comunidad conyugal. Cuando Dios llama, es decir, elige, también encarga una misión, una misión en el seno de la comunidad. Cada pareja escoge el tipo de Iglesia que va a generar con su praxis, con su acción, con sus opciones y prioridades, porque la Iglesia se estructura con el tipo de praxis de los miembros que la conforman, es decir una comunidad eclesial que impulse, preceda y dispare una nueva forma de tratarse, de ver el mundo, desde la familia hasta la globalización. Una Iglesia que por el respeto a la diferencia sea capaz de  descubrir al lugar de cada uno en una bella armonía.

La fe puede actuar como pesada carga que frene toda iniciativa de iniciar algo diferente; pero la fe también puede servir de resorte para iniciar relaciones humanas más recias y trascendentes en un horizonte nunca antes sospechado.

La fe opera en el ámbito simbólico con metáforas que apuntan a lo indecible e inefable. La relación con Dios utiliza un lenguaje estético, de sentimientos misteriosos e inexplicables; es un código que respeta el silencio y lo no dicho. También esto se realiza en la atención diaria de corazón a corazón, donde lo que no se ha hecho todavía, se va preparando en la incubadora de la esperanza. La virtud de la longanimidad se encarga de aquello que no está hecho aun, pero que la inercia de lo que se intenta lo revela como un a-venir esperable; megalopsijía decían los griegos, la grandeza de alma, la magnanimidad que siempre espera, que no se adelanta, no se predispone, a lo que puede venir. Esta virtud es muy próxima e la prudencia, la recta razón de los medios a utilizar para llegara a una acción verdaderamente bella. Cada quien aporta todo lo que es y se complementa de lo que carece en el pozo misterioso de la persona amada. El acto de aportar, de entregar, de despojarse, no sólo engrandece a quien lo hace sino que da esplendor a lo que ofrece, porque lo ofrecido tiene como origen la grandeza humana. Aceptar este don es compartir la generosidad y la parte más delicada de un espíritu humano. En el matrimonio cristiano se engrandece quien hace la ofrenda de la entrega, y fecunda a quien abre su corazón a un tal don. Es aquí donde incide el misterio de Dios quien sólo puede hacer el bien en plena libertad,   y el bien que hace crea, y hace brotar la bondad de las cosas y de las personas.

El sacramento que ustedes se van a impartir ante Dios,  solo espera que por la auto entrega y el noble despojo de obsesiones egocéntricas, se abran las compuertas a los torrentes de serenidad y de paz que solo el amor desinteresado  sabe reconocer y saborear.

 Fray Luis Ramos OP

Oaxaca

23  de marzo de 2013

 

 

 

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