domingo, 3 de marzo de 2013


 

 

Los frutos y las hojas.

El dueño de la viña concluye que un árbol está ocupando su tierra inútilmente, cuando no da a la comunidad los preciosos frutos que se requieren para el alimento que proporciona el higo, sea fresco bajado del árbol  o el higo deshidratado que llevan los navegantes en sus travesías y las caravanas en sus alforjas.

Cristo (el viñador) intercede y se ofrece a remover la tierra y echarle abono, meterle trabajo para que reaccione el organismo del árbol. Cristo quiere dar oportunidad al árbol a que reaccione y produzca los frutos que se esperan de él.

¿Qué tanto cabe esperar? ¿Realmente se puede convertir alguien?  ¿Hay posibilidades de cambio?

La primera lectura  de Éxodo explica en primer lugar que Dios ve y oye. No está ciego ni es sordo, y se conmueve de la miseria del que está sometido a la esclavitud y a la opresión. Es un Dios compasivo y misericordioso, se apiada y no se olvida de su alianza. Es un Dios que ya operó la liberación de su pueblo de la mano de sus enemigos, el Paso del mar Rojo es la fuente de esperanza; porque ya ha liberado a su pueblo, por eso hay esperanza de la liberación actual de la mano de nuestros opresores.  El es la roca y la salvación. Revela su identidad a Moisés: Yo-soy-el-que-soy, el es el que hace ser, el que realiza el cambio domina sobre los acontecimientos; y también convierte a los corazones endurecidos. La garantía de la conversión es la fidelidad de Dios, que Dios da al pueblo la libertad para que decida su futuro. Dios mismo  garantiza el plan de la liberación de las esclavitudes y la donación de una tierra prometida; y entonces el señor llama por su nombre  a Moisés al monte Horeb, para cerciorarlo que ha visto y oído la miseria de su pueblo.  Dios se revela como autoridad y sumo poder que se da cuenta, ha visto y ha oído oído los estragos de la opresión y de la explotación y entonces le revela su nombre y libera la Pueblo de la muerte en el Paso del Mar Rojo.  La fidelidad de Dios se muestra en que se da cuenta de lo que pasa y toma medidas para resolver el problema y enderezar las injusticias. El exige los  frutos que está en derecho de esperar quien ha trabajado para obtenerlos

El dueño de la viña no se puede conformar con hojas vistosas y apariencias impresionantes. Dios aborrece la hipocresía, los ritualismos enajenantes y todas las supersticiones milagreras de objetos mágicos, patas de conejo, ojos de venado, pirámides de siete metales, velas de colores, amuletos y tantas cosas que nos alejan de la solidaridad con nuestro prójimo y de la lucha por la justicia y por la verdad.

Los frutos que exige de nosotros,  son la vida y el amor, es decir ponernos a trabajar en todo lo que da vida. Edificar nuestra comunidad, compartir nuestras riquezas con los, a los ancianos abandonados que no tienen dinero para adquirir sus medicinas, por padres de familia cuyos salarios no alcanzan  para dar una escuela que de futuro a los jóvenes, por los niños que sólo tienen acceso a comida chatarra, y que no tienen dónde jugar y desarrollarse; estos son los frutos que Dios espera encontrar en nosotros, son los frutos que busca Cristo en el árbol de nuestras vidas.

Por eso en cuaresma se nos sugiere el ayuno, ayunar de corrupción y de injusticias,  se nos recomienda la oración para descubrir en el diálogo con Dios, el plan que Dios tiene sobre todos nosotros y sobre su Iglesia, y la limosna para repartir equitativamente la riqueza que Dios hizo para que todos gocen de ella y no se acumule en pocas manos.

Fundamentados en la lealtad y fidelidad de Dios nuestro Padre no esforzaremos esta cuaresma para no aparecer como árbol que ocupa inútilmente un lugar en la tierra del Señor.

 

 

 

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