YO TAMPOCO TE
CONDENO
Jesús propone el
perdón como medio de reintegrar a los alejados, con esto proponía la nueva
visión de la justicia.
El hombre dejado a sus veleidades, a sus cambios sin ton
ni son, pierde la brújula se extravía, se aleja de la meta y se aparta de la
comunidad. Por eso Dios los va llevando por el camino de su voluntad para
restituir la comunidad para rehacer el pueblo, la familia, el vecindario.
Al perdonar la culpa, o sea al perdonar el hecho de que
se hayan apartado de la voluntad de Dios por el pecado, condona también la pena, es decir, ya no
tienen nada que pagar, a partir de la cruz de Cristo. Con ello, Cristo ajustó
la suerte y la condición del ser humano, de manera que se apega a lo que requiere
la voluntad de Dios.
Dice el Evangelio que Jesús estaba tranquilamente sentado
en el piso enlosado de la explanada del templo de Jerusalén, conversando y enseñando a todos los que querían oírlo. Y
mientras estaba allí sentado le trajeron a la mujer adúltera sin el hombre (su
cómplice) también adúltero, para poner una trampa a Jesús, porque a los
acusadores no les interesaba la ley de Moisés, ni el pecado adulterio, ni la
suerte de la mujer, sólo les interesaba hacer caer a Jesús en la trampa para
poder acusarlo, porque sentían amenazada su autoridad al verlo violar
abiertamente la ley de Moisés presentándose al templo después de haber caído en
impureza legal al comer con publicanos y pecadores.
Ahí estaban los fariseos y los escribas para poner orden,
para condenar, excluir o aniquilar si era necesario, para impedir que Jesús
siguiera propagando su idea de la justicia por el perdón, tenían qué evitar la putrefacción de la parte
justa y pura de la comunidad. Las altas jerarquías buscaban ya la manera de hacer
caer a Jesús en una trampa y condenarlo,
excluirlo y excomulgarlo. Jesús se sentaba a la mesa con los pecadores con una
actitud sincera y amistosa para ofrecerles el perdón, para incluirlos, para
invitarlos a sumarse al Reino. Ningúna amenaza de expulsión o de exclusión. La
nueva justica de Jesús lo quiere ajustar, los quiere incluir y sumar en la
Nueva Alianza.
Viendo que se quieren escudar en el anonimato de la masa
enfurecida para renunciar a responsabilidad, y a su libertad de decidir por sí
mismos. Jesús exclama: “Quien no tenga
culpa que arroje la primera piedra”, y siguiendo su idea de justicia según la
cual todos aquellos que tienen culpa caben en el perdón de Jesús, perdón que
incluye y recupera aquello que estaba perdido. Por eso está sentado escribiendo
sobre las lajas, en silencio, para esperar a que cada uno se reconozca a sí
mismo como objeto el perdón de Dios que rescata y reintegra en la comunidad de
la Alianza en su Sangre. Durante este silencio, todos fueron dejando las piedras
a un lado suavemente, empezando por los encargados de impartir los juicios en el Templo, y luego todos los
demás, así quedó la pecadora de pie junto Jesús que no se había movido de su
sitio y elevando los ojos le dice Mujer, ¿nadie te condenó? Y ella respondió: “’Nadie
Señor’. ‘Yo tampoco te condeno’”. Así imparte Jesús su nueva justicia,
integrando a los que yerran, que se confunden y se apartan de la comunidad.
Como si dijera: dice nadie te excluye, evita pues hacer
acciones que conduzcan a que tú misma te excluyas de la comunidad. Porque el
pecado divide, aparta y excluye, y en cambio la justicia así entendida, reúne, solidariza e integra.
No la justicia de las armas, de las piedras, de la
exclusión y la aniquilación, sino la justicia del perdón, de la reconciliación,
de la inclusión y la compasión. Porque sólo esta es la justicia que se puede
esperar de un cristiano.
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